jueves, 30 de diciembre de 2010

cruzando los dedos, o de cómo puñetas se migra un blog


Llegó el fatídico día f, toca migrar el blog... ya os conté en una entrada anterior, en la que os pedía ayuda a ritmo de estribillo de canción de Tony Ronald, que, me había llegado un correito del equipo windows, en donde me comunicaban la agradable noticia de que inexorablemente (ya sabéis: o sí o sí), tenía que migrar el blog a WordPress.com, dado que Spaces se cerraba... el amable correito, me marcaba en negrilla los plazos de la dichosita migración: "hasta el 4-enero podrás publicar entradas, después de esta fecha, ya no podrás publicar, solo podrás ver el blog, y, en marzo, tu espacio se suprimirá", desaparecerá, ya sabéis: caput... y es por eso por lo que !eh voilà!, heme aquí, en plena mudanza migratoria, solventando como buenamente se pueda la extinción.

Más, como en ésto de la informática, la verdad no confío mucho en mí misma, y por aquello de si por si acaso la migración no me sale, tengo un plan B. Mi plan B consiste en otro nuevo blog que hace poco me he creado en blogger y gmail, al que no le afecte todo este tinglado de sitios... un blog nuevo en donde seguir publicando mientras solvento lo de migrar una a una todas las entradas que conforman éste.
El nuevo blog se llama algo contigo, y está en la siguiente dirección:


http://aliciapaym.blogspot.com/.


Hasta que no migremos éste, seguiré escribiendo en algo contigo !espero veros también ahí!... por fa, por fa, por fa....


Mil besitos gordotes


domingo, 19 de diciembre de 2010

primer amor (continuación)


Nos quedamos en:
- Tenga, señorita Teresa.

Y a mí, se me subieron de pronto a la cara todos los colores del mundo, no pude articular ni un simple gracias, y no sé como mantuve la tina viva, pues estaba en tal estado de pavitud, que no se me cayó de las manos de puro milagro.

- ja,ja,ja,ja, !ay abuela!, ¿y de verdad eras tan pava?

-Si hija, era pava, pava... con quince años estaba en plena edad del pavo, y, como dice tu madre, me faltaban unos cuantos hervorcitos.

Y nos pusimos las dos a reírnos a más no poder de aquellos amores que ponían colorá y mudita al mismo tiempo. Nos entró la risa floja, y así, entre risas, le pregunté a mi abuela:

- ¿Y que pasó, porque no seguirías pavita siempre, no?

Ella, todavía riendo me contestó:

- Pues el pavo aún me duró Inés, no creas que se me quitó a la primera de cambio, que no, pero, lo que son las cosas y la vida, hija, aquel amor primero fue breve, y me duró lo que se dice un suspiro, un suspiro al aire, y se acabó.

No sé explicarlo, pero sí que le noté a mi abuela un tono tremendamente nostálgico cuando recordaba aquel amor suyo por Fermín.

- La primera que se dió cuenta de todo fue mi tata. A Anselma era imposible que se le pasara por alto nada de lo que ocurría en la casa, fuera donde fuera -dentro, en los ultramarinos, o en el colmao-,... lo llevaba tó pa´lante.
Una mañana que salimos las dos a la plaza a comprar, me soltó a bocajarro:
"Andate con ojo niña, que como tu madre se entere se arma la marimorena, y muy capaz es de llevarte a un internao, fíjate lo que te digo Teresa... niña, no juegues con fuego. Fermín es un buen mozo pero viene de la inclusa, y tu padre tiene posibles... hazme caso por dios, que ese muchacho no es para tí, y deja los amores que todavía eres mu mocita, que ya vendrá un pretendiente en condiciones. No corras tanto, que hay tiempo pa tó".

Y ésto, me lo repetía infinidad de veces cada vez que estábamos las dos solas. Yo, no le decía nada, la escuchaba y la comprendía y tenía cuidado, pero mi madre, se terminó por dar cuenta de la situación, y de la noche a la mañana, sin darme explicación alguna, me hizo la maleta, y ella y yo nos fuimos para Carmona, a la casa de mis tías.
No tuve siquiera oportunidad de despedirme de Fermín.

Mis tias Engracia y María Jacinta eran hermanas de mi madre, las dos vivían juntas en la casa familiar, solas, rodeadas de recuerdos y de santitos por todos los rincones. Se pasaban la vida metidas siempre en casa, de la que solo salían para ir por la mañana a misa, y por la tarde de visita al convento de Las Descalzas, donde profesaba Sor Remedios, una cuñada de la tía María Jacinta.
El resto del tiempo lo pasaban limpiando, cuidando las macetas y las flores de patios y balcones, bordando, y rezando el rosario... ya ves Inés, una vida muy pía, y de lo más atractiva para una joven de quince años que lo que ansiaba era explorar la vida y descubrir los misterios del mundo, me decía mi abuela con marcado retintín.

-¿Y cuánto tiempo estuviste en Carmona con tus tías?, le pregunté yo mientras cogía la mano de mi abuela, en señal inequívoca de solidaridad con su desgracia.

- Estuve todo el verano, hasta pasada la vendimia, tiempo más que de sobra Inés, para comprender que, en la Sevilla de 1.951 una muchacha no se podía enamorar de cualquier mozo, sino solo, del que fuera conveniente para la familia según su fortuna y situación social.
Y lo aprendí Inés, vaya si lo aprendí... fueron meses amargos los que pasé enclaustrada en Carmona con mis tías, con la angustia de no saber cuando iba a volver a mi casa, e incluso si volvería, llorando y añorando a cada instante mi cuarto, mi cama, mis libros, mi tata, mis amigas, mi madre, mi padre, mi hermano, mi casa... vaya si lo aprendí Inés, ya lo creo que lo aprendí, que a la fuerza ahorcan.

Y cuando mi madre, casi a últimos de septiembre volvió a por mí, fui feliz, feliz de volver a verla y a abrazarla, feliz de salir del cautiverio y recuperar mi vida, feliz de volver... no hizo falta que mi madre me dijera ni media palabra, porque desde mi retorno, ni por un asomo se me ocurría a mí entrar en los ultramarinos o en el colmao, no volví a pasar por su lado, ni a verlo ni a hablarle.

- !Jolín abuela, qué triste!

- Sí hija, pero ya te he dicho que a la fuerza ahorcan, y no quería ni pensar que volvieran a llevarme a casa de las tías, a mí misma me había jurado cien mil veces, no dar pie a volver a la casa de Carmona.

- ¿Y qué fue de él?, pregunté tímidamente yo.

- Pues él estuvo tres años trabajando en mi casa, luego se marchó al servicio, lo mandaron a Ceuta, y allí perdimos su rastro. Supongo que seguirá con su vida, flijate Inés que yo siempre creí que como muerta, tendría todas esas ventajillas de los espiritus, ya sabes, lo de ir de acá para allá tranquilamente y sin que nadie te vea, enterándote de todo lo de los vivos, pero no, no es así hija, no creas que es fácil entrar y salir de este mundo, aparecer y desaparecer... sigo sin saber nada de aquel Fermín de mis años mozos.
Lo que sí que te digo es que siempre que pensé en él, lo imaginé trabajando en su propio ultramarino, casado y feliz en Ceuta, un lugar que aún hoy, se me antoja exótico y lejano.


lunes, 13 de diciembre de 2010

primer amor


Fermín

La primera vez que vi a Fermín fue en el patio de mi casa, recuerdo Inés que estaba de pie, muy agarrotao y tieso junto a D. Antonio, el cura párroco de Santa Catalina, la Iglesia donde me bautizaron y donde me casé, esperaban a mi padre para hablar con él.
Mi madre, enseguida los pasó al saloncito que teníamos para las visitas, y al momento de llegar mi padre, se salió, para volver con una botella de vino dulce y unas tejas de almendra; pero fíjate, lo que más recuerdo de todo aquello es que mi madre llevó el vino y las tejas en la bandeja de plata.
!En la bandeja de plata, Inés!, y es que no te puedes imaginar cómo mimaba mi madre aquella bandeja, jamás la usaba para que no se estropease, y siempre la tenía metida en la vitrina del saloncito, en el estante de arriba, junto a dos minúsculos jarroncillos de porcelana con rosas de plástico.
Cada sábado por la mañana, nos la hacía limpiar para que quedara "como los chorros del oro", yo nunca entendí muy bien aquella especie de refranillo de mi madre Inés, y cuando le preguntaba a mi tata Anselma que cómo eran los chorros del oro, ella, sin más miramientos me contestaba:

- "mu limpios, niña", venga, frota fuerte y no empaparruches tanto el algodón, porque se señalan los chorreones.

Anselma y yo limpiabamos la bandeja con algodón mojado en agua con bicarbonato, y la secábamos con trapos hechos de sábanas viejas... quedaba reluciente Inés, reluciente como los chorros del oro, !y ea, a la vitrina!.
Y no te lo vas a creer, pero el caso es que a mí me gustaba pasar por el saloncito y mirarla cómo relucía, ya ves tú que tontá... pero me gustaba Inés, !qué cosas!.

- ¿Y qué fue de Fermín después de aquel día?, pregunté yo de inmediato, para no dejar a mi abuela divagando y divagando.

Ella volvió al asunto: pues Fermín vino con el cura para presentarse a mi padre y que le diera trabajo en los ultramarinos, porque la verdad, mi padre y mi hermano Manolo ya no daban abasto entre la tienda y el colmao, y necesitaban un mancebo. Mi padre, había ido días atrás a la sacristía a decírselo a D. Antonio.

- ¿El qué había dicho tu padre en la Iglesia, abue?

Pues, que necesitaba un joven honrado y trabajador para que estuviese con él y con Manolo en la tienda y en el colmao, me contestó mi abuela.

- No lo entiendo ¿y para qué fue a decirlo en la Iglesia?, ¿porqué no puso un cartelito en la puerta de la tienda, abuela?.

- !Ay hija, entonces los tiempos no eran así!, en 1951 no se ponían cartelitos de se necesita mancebo. Entonces Inés, uno iba a la Iglesia, se lo decía al párroco, y él, te buscaba a la persona que necesitabas.

- ¿El cura?

- Si hija sí, el cura. Por aquel entonces los curas tenían mucho poder y todo el mundo les mostraba respeto, nadie osaba escantillarse, nadie. Además, conocían perfectamente a las personas y a las familias y, cuando recomendaban a alguien, ese, por increíble que parezca, resultaba ser siempre un excelente mancebo, ya ves, parecía como que por arte de magia, nunca erraban en la elección.

- Y Fermín se quedó a trabajar con vosotros ¿no?

- Sí, así fue. Justo al día siguiente se vino a vivir a casa. Dormía en el fondo del almacén, en una especie de cuarto que mi madre le había preparado con unas gruesas cortinas de cuadros verdes. Detrás de las cortinas, estaban la cama, el armario, la mesilla...

-!Pues anda que vivir en un almacén entre sacos de lentejas, de patatas y de chícharos!, solté yo impetuosa y con cierto tonillo despectivo.

- Bueno Inés, veras, allí realmente no vivía, allí solo dormía, el resto del tiempo estaba entre el colmao y la tienda... date cuenta hija, que entonces se trabajaba a destajo, sin horario.

- ¿Y tu te ibas con él por las noches al almacén?

- !Pero Inés, cómo iba a hacer yo una cosa así!, !anda y no digas barbaridades alma de Dios!, me dijo bastante desairada.

- A ver abuela, ¿no quedamos en que ese chico fue tu primer amor?

- Sí hija, pero nada tiene que ver lo de enamorarse, con irse con él por las noches, !absolutamente nada Inés, vamos niña: nada de nada!, pero es que nada.

Yo, -prosiguió al cabo de un ratillo mi abuela-, me enamoré de él porque era muy buen mozo, alto y guapo, y me miraba con aquellos ojos verdes que me llenaban de rubor y vergüenza, y un nosequé me subía de abajo a arriba por todo el cuerpo, que no podía remediar y que me gustaba; pero no cruzábamos palabra él y yo porque mi madre me lo tenía terminantemente prohibido.
Claro que, de vez en cuando y como quien no quiere la cosa, yo entraba en los ultramarinos pidiendo -siempre a mi hermano Manolo- un pocillo de harina, o un poquito de sal, o azúcar, o aceite... y pasaba a su lado y él me miraba con sus ojos verdes, y yo casi me derretía, pero me iba pa dentro con la harina, la azúcar, la sal o el aceite, sin decirle ni media palabra.
Sólo después de muchos meses, un día le dije:

- Fermín ¿me puedes llenar la tina de aceite?

Él, me cogió la pequeña tina de cristal que yo le estaba alargando, y muy presto la llenó de aceite. Al dármela, me sonrió mientras me decía mirándome a la cara:

- Tenga, señorita Teresa.


.... os lo seguiré contando en la siguiente entrada.

* Este, es un fragmento de "La abuela Teresa", os refresco la memoria:
La abuela Teresa nace en plena guerra civil, ha vivido una infancia y una juventud lo feliz que le dejaron los tiempos y sus circunstancias, y es justo en este momento (su juventud en la Sevilla de principios de los 50) donde se encuadra el relato.
Luego, ya sabéis por otras entradas que he ido colgando, que la abuela Teresa se casó, que tuvo una hija, y que su casa, pertenecía a una red de mujeres maltratadas, que murió en extrañas circunstancias y que sin embargo su nieta Inés, puede verla, puede hablar con ella y tocarla y besarla y abrazarla... Inés (que es la única que tiene acceso a esa otra dimensión de su abuela Teresa), decide escribir un libro contando la historia de esa abuela suya tan especial, al principio, ni su propia madre la cree, pero, tras leer lo que Inés va contando en el bloc, Valme -su madre-, se da cuenta de que lo escrito no puede sino venir de la persona que lo vivió: su madre, y es solo en ese momento cuando empieza a creer a su hija, aunque, por más que lo quiere, no consigue ver a su madre, la abuela Teresa solo se aparece a Inés... Inés, es el nexo entre ambas, y el hilo conductor de toda la historia.
El relato en verdad es muy largo, en puridad no es que sea un relato sino que es más bien un cuento, lo escribí este verano, durante las vacaciones, y ya os puse algún capitulillo: "Sangre", que hablaba de Anselma, una entrada de octubre.


sábado, 4 de diciembre de 2010

help, ayudame!!!




Help! ayudame, en tu amistad he puesto toda mi fe, help! ayudame, y tiendeme la mano, de un hermano...
Este es el estribillo de aquella famosisima canción de Tony Ronald, allá por los 70, aunque se sigue oyendo hoy día -oyendo, cantando y bailando-, pero además, es un grito de ayuda: mi grito.

Sí, resulta que estoy perdida, talmente que perdida, os cuento...
Cada vez tengo más problemas con mi blog, y encima él está literalmente lo que se dice en peligro de extinción, porque, desde hace un tiempo, recibo este mensaje que más o menos os transcribo:

"Estimado usuario de Windows Live Spaces (osea, yo)
nos dirigimos a tí para informarte que van a producirse una serie de cambios importantes en tu cuenta de Spaces. Nos complace ofrecerte un servicio de blog innovador y de primer nivel: WordPress.com.
Te ayudaremos a migrar tu blog actual de Windows Live Spaces a WordPress.com, por favor, ten en cuenta que el 16 de marzo de 2011, tu espacio actual se cerrará, y ya no podrás acceder a tu blog en Spaces ni migrarlo..."

Y no es por no migrar el blog, a ver, si se tiene que migrar, se migra, pero ¿cómo se migra un blog dios mío de mi alma?, porque, eso de te vamos a ayudar a migrar tu blog de Windows Live Spaces a WordPress.com es un cuento chino de blogger, de ayudar nasti de plasti, nada de ayuda, no he recibido nada de ayuda, y aquí estoy yo, perdida entre espacios virtuales y sin saber que hacer, y pidiendoos ayuda.

Por favor, si alguno sabéis como se migra un blog, se ruega echen una manita explicándome cómo hago para migrar el blog a WordPress.com, millonazo de gracias, de verdad, -y como marcan las fórmulas de cortesía y bien hablar-, favor por el que os estaré eternamente agradecida, por supuestísimo, !anda que no!.

Gracias y mil besitos

sábado, 27 de noviembre de 2010

la puta y Robin Hood (continuación)


Desde que Elisa viera de niña aquella película en el cine de verano de su pueblo, Robin Hood saltó literalmente de la pantalla a su corazón, y desde entonces, ya siempre estuvo presente en su vida; bien es cierto que no de una manera física y real, pero sí como aquel con quien hablaba en voz baja de sus ilusiones, de sus miedos, de sus glorias y de sus miserias, aquel a quien consultaba sus decisiones y a quien sentía día a día a su lado, aquel con quien comparaba a todos, aquel que jamás la abandonó, y el único que de verdad la conocía de veras.
Y es que !cómo no llevar en el torrente sanguíneo a alguien tan generoso, tan resuelto, tan gallardo, tan cautivador... ya tratando a todas las mujeres como damas, ya robando a los ricos para repartir el botín con los pobres, ya aceptando a su lado a todo el que quisiera ser libre, sin importar lo más mínimo su pasado!, !era imposible no llevar a un hombre así en el corazón!, !imposible!.

E igual que estaba segura de la existencia de Robin, la misma seguridad tenía en que debía existir un lugar como el bosque de Sherwood, un lugar diferente, donde ser libre, donde vivir sin pasado, donde respirar, donde susurrarle a la vida... y tenía que encontrarlo, o al menos... intentarlo.

Como siempre, sentía a Robin cerca, a su lado, y puesto que don Alvaro seguía dormido a pierna suelta, Elisa decidió reacomodarse en la cama volviéndole la espalda, por lo que metió un brazo debajo de la almohada, puso el otro encima, y comenzó a hablar:

- Robin, ya te lo conté el otro día, quiero tener un niño, quiero tener mi barriga y mi bebé, siento un algo que me hace desearlo por encima de todo, por encima incluso de la casa rosa... no me importa tener que marcharme, bueno, sí que me importa, ya sabes Robin que aquí estoy bien, muy bien, que no me falta de nada y que tengo dinero para todo, pero es que me importa más el niño, quiero tenerlo Robin, siento deseos de parir y no puedo evitarlos.
Ya sé que tendré que irme de aquí, pero, puedo irme a Alicante con mi hermana, vivir en su casa, cuidar del Robert y del Marcos, planchar, fregar, barrer... mientras me crece el bombo, y cuando nazca el niño, buscarme un trabajo -otro trabajo- ¿no crees Robin que con mi hermana estaré bien?, ¿a que sí?, y total, tampoco necesito tanto, cama y comida, porque parir es gratis en la Seguridad Social, y ya le buscaremos al niño la cunita y la ropita de sus primos.

Y en este monólogo entre si misma y Robin Hood estaba, cuando el campaneo del ángelus despertó a don Alvaro, cortando de inmediato sus cuitas y conminándola al ejercicio de su papel:

- Buenos días mi cherí, ¿que tal ha dormido mi osito, eh?, ¿quieres que te traiga el desayuno mi amor?.

Y un don Alvaro bostezante y desperezándose, tocándole las tetas con ternura, le contestaba que lo de siempre, que un café solo y panecillos Bimbo con mantequilla y mermelada de ciruela.

Elisa, salió de la cama, se puso una bata y se marchó abajo a por el desayuno. Antes de cerrar la puerta y salir de la habitación, se giró pícara hacía don Alvaro para lanzarle un besito mientras se ajustaba el cinturón de su bata, después de todo, ella era una puta y nobleza obligaba, el trabajo es el trabajo, y siempre debía estar bien hecho.

Por las escaleras, iba hablando con Robin de parir un hijo, cerrar una página, dejar de ser puta y pasar a ser madre... al llegar a la cocina, la escena de dentro curiosamente la sorprendió, una escena que por otro lado era de lo más habitual y de la que ella misma había participado un sin fin de veces, sin embargo, esta vez se quedó callada e inmóvil en el quicio de la puerta, observando como algunas de sus compañeras trajinaban tazas, copas, exprimidor, cafetera, tostadora... preparando cansinas el desayuno de sus cada quien, mientras unas a otras se preguntaban por lo bajini, para no alertar a doña Rosa que se tomaba un té mientras leía el periódico en el saloncito de al lado, que cómo les había ido la noche y qué que tal se les presentaba el día.

Elisa las fue observando una a una: todas jóvenes, todas hermosas, todas con preciosas batas de alta lingerie, y todas suspirando porque llegara un día un hombre que las jubilara... un hombre, antes de que el tiempo y la edad las apartara de la casa rosa. Era un brindis al sol, sí, pero pese a todo, era esa ilusión última que jamás decae y que precisamente te sustenta, y apoyada en la puerta, no podía sino sentir amargura, mucha amargura del eterno brindis al sol de sus compañeras de oficios y sacrificios.

Antes de entrar a la cocina, volvió la cabeza hacía un Robin inexistente pero al que sentía presente y a su lado, le dió por mirarse a sí misma un instante, y un chispazo de ironía le estalló por dentro, de esa ironía que te arranca de cuajo risas y llantos a un tiempo. Las demás, habían ido saliendo con sus bandejas de desayunos y la cocina, se había quedado muda e inerte como un trasto inútil.
En silencio, Elisa se dispuso a trajinar tazas y cafetera y tostadora... y su cabeza hablaba, le hablaba, ya no podía evitarlo, hablaba de un hijo, de treinta y tres, de cerrar un capítulo, de ir en busca del bosque de Sherwood... sí, porque resulta que ella lo sabía, que en el fondo siempre lo supo, que cuando se es puta, es muy conveniente tener un Robin Hood que te acompañe hasta encontrar tu sitio, que una misma es la única dueña de todo su mundo, y que la voluntad siempre deja pequeños a los brindis al sol.


lunes, 15 de noviembre de 2010

la puta y Robin Hood


La habitación de Elisa Mena en la planta de arriba de la casa rosa, estaba presidida -como todas las demás-, por un gran espejo envuelto en un marco dorado con manifiestas pretensiones barrocas. Desde la cama, situado como estaba en el lado opuesto, podía verse sin ninguna dificultad, del dorso para arriba de los ocupantes del lecho; la vista del dorso hacía abajo, suponía un pequeño esfuerzo, pero añadía morbo a la visión y sus efectos.
Salvo el espejo con pretensiones barrocas y la lámpara con lagrimitas de cristal, el resto de la habitación era sobria y funcional, lo que daba al lugar un ambiente cálido y acogedor. Los colores de las paredes, de la colcha, de las sábanas y de las cortinas eran en tonos beis, rosa palo, marfil y blanco roto, respectivamente, y matizaban su calidez con un toque de elegancia y sofisticación bastante a tono con la casa.

Era sábado, ya haría unas horas de haber amanecido, pues los tímidos rayos de un liviano sol de marzo se filtraban por entre visillos y cortinajes. Elisa, -titular del dormitorio-, llevaba un rato despierta en la cama sin hacer otra cosa que percibir las sensaciones del día: las luces filtrándose por la ventana dejando ver al contraluz las partículas de polvo en suspensión, los ruidos de los pájaros en el jardín, el tintineo de cacharros abajo en la cocina, y la respiración suave de don Alvaro que dormía profundamente a su lado.
De pronto, le hizo gracia que al mirar el reloj digital de su mesilla de noche desde el espejo, la imagen reflejaba un ll-OE, lo que hizo que girara súbitamente la cabeza y mirara de frente el reloj, comprobando que el ll-OE no se refería a Yo, Elisa -como interpretó su cerebro al ipso facto-, sino que estaba terminando el mes, y eran ya las once de la mañana.

Se quedó mirando hipnóticamente aquella imagen fechada reflejada en el espejo, pensando al mismo tiempo, que ya tenía treinta y tres años y pronto treinta y cuatro... y la llamada, esa llamada que como un Pepito Grillo vivía desde meses en su cabeza, no hacía más que recordárselo una y otra vez: treinta y tres, treinta y tres... y casi al instante, como si desde dentro se le encendiera una lucecita o se le activara un chip, en décimas de segundo, volvió con aquello de que tenía que tener un hijo, que se le estaba pasando el arroz, que treinta y tres eran treinta y tres, que el tiempo la apremiaba, y que para una mujer, el arroz, cuando menos te lo esperas resulta que termina pasándose.

Miró a don Alvaro durmiendo a pierna suelta a su lado, y no le pareció ni bien ni mal que fuera él el padre de su hijo, al fin y al cabo era una mera necesidad, ella no podía autoembarazarse, y total, a él iba a suponerle algo placentero y gozoso; sólo para ella sería mucho más, un todo más, un alto en su vida, un cerrar página, un pasar de puta a madre, un dejar de estar a disponibilidad plena y total para el servicio... ya no podría entrar y salir de aquí para allá trolley en ristre como la "secretaria" de tal o de cual, y desde luego, tendría que dejar la casa rosa y buscarse un lugar donde vivir, y un trabajo que le permitiera criar a un hijo con la cara en alto: era consciente de todo ésto.

Volvió a mirar a don Alvaro y lo tuvo claro, era su decisión: iba a tener un hijo, a nadie tenía que pedir cuentas y a nadie rendir explicaciones salvo a Robin Hood, su héroe, su ángel, su consultor, su consciencia.


(continuará en la siguiente entrada)


domingo, 7 de noviembre de 2010

pues resulta que


Me encuentro mal, que más quisiera yo que no, pero nada, mi gozo en un pozo... ando de cabeza y, como la del dibujito, con la sensación angustiosa de llegar tarde a todo, empezando por mí misma.

!Ayyyy qué semanita!, tremenda, absolutamente tremenda. Rezumo -o más bien chorreo- estres, y ésto resulta que lo digo a la literalidad pues, cuando estoy estresada me sale un tic en el ojo izquierdo no demasiado llamativo a la vista, pero desquiciantemente incómodo, y aquí ando, con mi tic a cuestas.

Al trabajo densísimo de la semana, tuvimos que sumarle (toda la oficina) cambio de sede, mudanza express incluida: un día para empaquetar, trasladar y al siguiente desempaquetar y funcionando; y en mi suma particular, mi hija mayor (16 años) beligerante donde las haya, rebeldísima sin causa, la más protestona y contestona de España, "adolescente" en una palabra, ya me entendéis, en pie de guerra y sin tregua, y yo con el tic y negociando... la partida aún la tenemos en tablas.

Encima, mañana lunes, !dios santo lunes! y vuelta a la rueda: de casa a la oficina, comiendo rápido y a la oficina, a casa, la cena, la lavadora, la guerrillera... pero en fin, en positivo: esta semana, no puede ser peor que la anterior, por consiguiente, necesariamente será mucho más llevadera, así que a afrontarla con armonía y buen rollito. Espero, no solo salir vivita y coleando, sino además, dejar el tic, poder dar un paseo, ganar la partida o dejarme ganar pero a conveniencia, escribir un poco y leeros mucho... !a por ello!.

Buenas noches y mil besitos mu gordotes.


miércoles, 27 de octubre de 2010

puentes



Puentes que nos separan,
puentes que nos unen.

Puentes que son poemas y
también espadas.

Vidas como puentes,
y puentes de espejos
donde nos miran
y nos miramos.

Puentes que son vida
y vida por los puentes,

puentes...
¿Cuando se vuelve mar el río?

!Efímero fue don Quijote
y pétreos los molinos!

Puentes, atravesados
por la vida de los otros.




domingo, 17 de octubre de 2010

sangre


Anselma

La primera vez que recuerdo que mi tata me lo contó era yo chica, tendría como 6 ó 7 años, no más, luego, lo habré oído unas mil quinientas veces, no te exagero Inés, mil quinientas !pobre mujer!.
Al principio, no entendía porqué mi tata repetía tanto y tanto la misma historia, pero con el tiempo, no sólo lo comprendí, sino que además provocó en mí un sentimiento de unión y solidaridad con la tragedia de mi tata, un sentimiento algo adormecido por el tiempo pero vivo y doloroso que aún llevo aquí, en mi corazón. !La guerra, que cosa tan terrible la guerra!, !cuánto dolor arrastra, Inés!, !cuanto odio, cuanta miseria, cuánta sinrazón!, !cuánta sangre derramada!

- Eran más de las doce de la noche cuando nos despertaron los golpes en la puerta: "Benito Cuesta", "Benito Cuesta", gritaban los falangistas... enseguida nos pusimos en pie, y apenas abrimos el portalón, lo cogieron. Él, solo tuvo tiempo de darme el anillo de casados y el sello de oro de su padre, mientras se lo llevaban... me quedé llorando abrazada a los hijos, rezando y suplicando que no me lo mataran.
A los dos días, muy de mañana, después de las primeras campanas de la misa de ocho, vino Matea la del sastre a decirme que mi marido estaba muerto en la parilla del cementerio.

Lo contaba una y otra vez Inés, una y otra vez, !y cómo no contarlo si fue la tragedia de su vida!, el instante mismo que la partió en dos. Una cosa así es imborrable, imposible sacarla del torrente de tu sangre, !imposible!, !pobre Anselma!.

- ¿Y qué hizo tu tata? le pregunté a mi abuela.

- ¿Que hizo de qué?, me contestó.

- Pues, cuando le dijo la vecina lo de su marido muerto en el cementerio.

- !Que iba a hacer, hija!, enterrarlo, enterrarlo y llorar y callar, no podía hacer otra cosa. En aquellos tiempos Inés, las mujeres sólo podían sufrir y callar.




* fragmento de "La abuela Teresa"


jueves, 30 de septiembre de 2010

de como las manzanas son arrastradas al suelo por la ley de la gravedad


Bartolomé Esteban era un ser desgraciado desde que perdió el trabajo, perdió su casa y, como carambola a tres bandas, perdió también a su mujer.
Se llamaba así, con un nombre tan sonoro y grandilocuente en honor a Murillo, el pintor de las Inmaculadas, de idéntico nombre, y aunque familiarmente todos lo conocían por Bartolo, sus íntimos sin embargo lo llamaban Bart, como el Simpson, con el que desde luego y a pesar de que era un dibujito, tenía muchos más pareceres que con el pintor.

Su tiempo, -desde que cerrara la fábrica donde trabajaba él y medio pueblo-, era un impenitente peregrinar desde la taberna a su casa y de su casa a la taberna, unas veces sobrio, otras achispado, otras medio sonámbulo y dando tumbos, y todas, intentando conseguir llenar de alguna manera esas interminables horas del día a día de un parado, de un apestado -como decía él-, porque pensaba, que sin duda debía de expeler algún olor diferente y desagradable el que se levanta y no trabaja, y encima ya ni intenta buscar trabajo, cansado de que amigos, conocidos y familiares se le cambien de acera a su paso por las calles, le vuelvan olvidadizos la cabeza, no le cojan el teléfono, y en general, se hagan los longuis, los suecos, los turcos... sí, era molesto tener un cuñado apestado, un amigo apestado, un vecino apestado, un compañero apestado, y él, era un apestado: el apestado del 3º A... se sentía así, como un apestado, tocado y hundido, sin salida ni esperanza, como esas manzanas que la Ley de la Gravedad inexorablemente las tira a la tierra y se pudren.
En todos sitios era un apestado, lo era incluso en el bar de Pepe, aunque allí, al menos, parecía que no olía tanto, pues la taberna de Pepe era el lugar donde siempre, tarde o temprano, terminaban por aglutinarse todos los apestados como él.

Nunca le interesó la política, pero ahora, con ésta jodida crisis a cuestas, su principal ocupación entre cerveza y cerveza era el despotrique al gobierno local, autonómico y nacional, y detrás del gobierno: los bancos, usureros sin la más mínima misericordia ni compasión... y entre trago y trago, que si el Alcalde dice que nones, que si el Ministro dice que siques, que si el Consejero de Empleo dice que ni nones ni siques, que si la crisis, que si Huelga General, que si reclamemos nuestro derecho al trabajo, y, ¿acaso sabían el alcalde, los ministros, los consejeros, los sindicalistas... lo que es estar parado, jóder?, ¿habían acaso sido alguna vez apestados como él?.

Y entre idas y venidas de su casa al bar y viceversa, venidas e idas que le deshilachaban poco a poco jirones de ánimo y de dignidad, se paraba en seco en la calle y para sí mismo, -como hablan siempre los apestados, solo para sí mismos- pues, ¿a quien va a importar lo que dicen si no importan a nadie?, para sí mismo, soltaba su retahíla:

- ¿Para qué?, ¿huelga mañana para qué?, ¿para qué gritar, para qué seguir?, ¿para qué mañana?, ¿para qué jóder, para qué?... ¿y pasado, y el otro, y el otro?, ¿cuánto tiempo más?, ¿cuánto más, jóder?, !jóder!.

Arrancó el paso, pero el movimiento, curiosamente, le soltó más que nunca boca y lengua, y sólo, calle abajo, más achispado de la cuenta y con algún problemilla para mantener el equilibrio, iba Bartolomé Esteban consigo mismo y su retahíla del para qué y el porqué y cuanto tiempo más. Nadie se detuvo a su paso, nadie parecía verlo ni oírlo, y por supuesto, nadie estaba al tanto de su plegaria.

Cuando llegó a su casa, en vez de buscar como siempre cama y siesta, decidido comenzó una recolecta, una bastante especial: una recolecta de botellas de alcohol... abría armarios y cajones y cogía de aquí y de allá... coñac, brandy, vino, anís... y cuando consideró que la cosecha ya era suficiente, se sentó en su sillón orejero donde le gustaba dormir la mona y las siestas, poniendo delante mismo, en la mesita del salón, todas aquellas botellas recolectadas... blancas, opacas, esbeltas, rechonchas, casi todas medio vacías... y las miró, las miró como quien las mira por primera vez, y junto con la mirada de asombro, una risilla hilarante apareció en su cara, la risilla del que sabe que el corazón se duerme suavemente con un coma etílico. Ceremonioso como en una boda, comenzó a abrir las botellas y a servirse chupitos, y, como en un ritual de altos vuelos, cada trago llevaba aparejado su brindis:

- !Brindo por la puta crisis, jóder!

y alzaba su copa, sin más eco que sus propias palabras que se iban desvaneciendo en el aire denso de las cuatro paredes de su salón.

- !Por el trabajo!... ja,ja,ja,ja... !por la reforma laboral de los cojones!, !por Zapatero!...

Y cada vez los brindis eran más y más variopintos e inesperados:

- !Por la verbena de San Mateo!, !por el camino del puente!, !por la Asun, cachis en la mar!, !por el Rafa!, !por el Migue!, !por...

Tres días después, los vecinos lo encontraron tendido en el suelo, tieso, frío y muerto, pero sonriendo.


Querid@s este relato lo escribí hace días, no lo he modificado, está tal cual lo redacté... pensaba publicarlo al principio de la semana, pero, respetando los sentimientos y convicciones de cada quien, y, puesto que este 29-S estaba convocada una Huelga General, lo he aplazado hasta finalizada la misma. Ya os digo de antemano que carece de intención, y que solo quiere expresar el mundo de un parado, de un parado que está cansado de pedir trabajo, cansado de esperar, cansado de promesas, cansado de la crisis, cansado, muy cansado, y que siente que cada vez va cediendo más y más la rama del manzano, y que le espera la tierra que lo pudrirá.
Mil besitos gordisísimos a tod@s

viernes, 17 de septiembre de 2010

dejame que te cuente


Querid@s, la reincorporación después de las vacaciones me ha sido costosa, (!que deciros!, cuesta seguir el ritmo frenético de los demás compañeros de la oficina que ya llevan diecisiete días de trabajo tras sus vacaciones de agosto, y cuesta coger la rutina de la vuelta al cole de los hijos y de sus horarios), por otra parte, el tomar las vacaciones partidas me ha permitido este año, saborear septiembre, en donde todavía hace buen tiempo, aún los días son largos y, donde viajar es dulce porque no vas atropelladamente, ya sabéis, es la simple relación de oferta y demanda... -sigue la oferta, pero hay muchísima menos demanda, por lo que mejora desde el precio hasta el servicio-. Así pues, decididamente he de deciros que me ha gustao veranear en septiembre, el único "pero" (si es que puede ponerse algún perillo), es lo que os comentaba antes, que es un pelín más costoso coger el ritmo a la vuelta, pues todos los demás están reincorporados y tú no, y claro, corre que te pillo a to meter... pero se supera, claro que sí. Ya practicamente integrada, os dejo este relato que espero que os guste y, me pondré en contacto con vosotr@s que, de ésto último tengo un monazo que ni pa qué.

Soledad Gamboa tenía un nosequé en la mirada que la hacía especial, diferente, y que como la cara y la cruz de una misma moneda, atraía tanto como te provocaba un repelús de frío gélido que te desarmaba por dentro y te recorría el cuerpo de arriba a abajo.
Su mirada, las más de las veces era una mirada ausente, no obstante otras, se terciaba inquietante, heladora e incluso terrorífica.

Los más viejos del lugar relataban de higos a brevas, nunca prodigándose demasiado, del sino desgraciado de las Gamboa.
Los jóvenes, sin embargo, o bien no creían en tales zarandajas, o bien pasaban de comprender algo absolutamente fuera de toda lógica.
Pero lo cierto y verdad es que algunas de las mujeres Gamboa no parecían ser como las demás, ni como las demás del pueblo, ni como las demás de este mundo: de belleza racial desde la cuna, apenas desarrollaban se convertían en hembras voluptuosas, de pechos grandes y firmes, caderas bien plantás, talle fino, labios frondosos y embriagadores y un contoneo sinuoso al andar que para toda criatura, ya fuera hombre o mujer, era imposible no seguir con la mirada y hasta incluso salir detrás de ellas cual si succionados por imanes poderosos.

Indudablemente -y esto estaba fuera de toda duda- algunas Gamboa, no todas, eran diferentes. Por eso, cada vez que alguna de ellas estaba encinta, un rumor se extendía de inmediato por el pueblo recorriéndolo de punta a punta, casa a casa, generando ansiedad y estupor, y haciendo vivir al pueblo entero pendiente de un hilo hasta el alumbramiento; ni que decir tiene que nadie jamás ponía su mano en la tripa de una Gamboa durante la preñez de ésta, como era costumbre hacer con las demás embarazadas del pueblo: esa mano en el vientre, simbolizaba calor y acogida a la nueva criatura que se gestaba, así como deseo de buen parto a la madre que habría de traerla al mundo.
Con las Gamboa sin embargo, se quebraba la costumbre, nadie se atrevía a ponerles la mano en la barriga no fuera a venirle alguna calamidad, porque la criatura de dentro fuera una de esas Gamboa diferentes. Ellas, que por supuesto lo sabían, tampoco acostumbraban a salir de su casa durante los meses de preñez, para evitar el estupor y aquellas miradas mitad esquivas mitad inquisitoriales de la gente.

La inquietud generalizada aumentaba según se acercaba la fecha del alumbramiento. Si finalmente nacía un varón, se le imponía el nombre del padre, o del abuelo, o del tío, o de algún familiar más o menos lejano; pero si era niña, la criatura nacida quedaba un año sin nombre y bajo la tutela de la matriarca del clan, que había de observar si aquella niña era o no especial y, en consecuencia, imponerle el nombre que le correspondiese -nunca igual al de su madre o su abuela o ninguna otra mujer Gamboa-, siempre, un nombre diferente.
Por eso, cuando Soledad Gamboa nació no tenía nombre, no lo tuvo hasta un año más tarde, no lo tuvo hasta que Aralia Gamboa, su bisabuela y vieja matriarca, reunió a la familia, la cogió en brazos, y mirándola a los ojos, dijo para todos: esta es Soledad Gamboa.
Solo entonces se supo como se llamaba, y solo entonces supieron que era una Gamboa de las diferentes, una Gamboa especial... pues, si durante ese año transcurrido bajo tutela de la bisabuela Aralia, ésta no hubiera apreciado ninguna cualidad especial en su onceava biznieta, Soledad no se hubiera llamado Soledad Gamboa, sino Soledad Martín Gamboa, pues solo las Gamboa especiales prescindían del apellido paterno y no ostentaban otro apellido que el del clan: Gamboa.

Y la niña Soledad fue creciendo, con una mirada especial, una mirada dulce y amarga que era capaz de desatar en los demás hechos verdaderamente inauditos. Así sucedía desde chica, cuando alguien -animal o persona- la trataba mal, ella lo miraba fijamente, sus ojos se encendían, y el desafortunado/a, jamás volvía a pronunciar palabra... de nada valía que acudiese al médico, pues ni el más afamado otorrino tras examinar al menesteroso, alcanzaba a entender porqué el paciente no hablaba, ni qué cosa podía suceder en su garganta y cuerdas vocales -en perfecto estado-, para no emitir sonido alguno, por lo que, no tenía otro diagnóstico que el de pura testarudez, simple deseo de quedarse mudo transitoriamente.
Mas la transitoriedad diagnosticada jamás cedía ni el interfecto jamás recuperaba su voz, por más médicos que visitase, más remedios que atendiese, más plegarias que rezase, o más gestos de súplicas que le hiciera a las Gamboa.

Todos en el pueblo conocían el rumor, era un secreto a voces que la mirada de Soledad Gamboa podía dejarte mudo para siempre, pero ésto, no detuvo a Gregorio Olalla que, desde hacía meses babeaba por ella, y su mirada de deseo insolente se clavaba en Soledad nada más poner los pies fuera del portalón de su casa.

Aquella tarde, a la salida del instituto Soledad lo vió como tantos días apoyado sobre el árbol grande de la plaza, espetándola babeante a que saliera y cogiera rumbo de regreso a su casa.
Gregorio Olalla, esa tarde la persiguió calle abajo con la mirada, y una vez Soledad hubo pasado la plaza, salió corriendo para apostarla de frente a la entrada del parque. Ella, al verlo de nuevo le apartó de su camino con decisión:

- déjame Gregorio, que yo no soy para tí, vete a tu casa.

pero él, loco de rabia por el rechazo y por el deseo, la agarró con furia por la espalda, y comenzó a frotar con frenesí su sexo contra el culo respingón de Soledad Gamboa. Enseguida notó el pulso acelerado, el acaloramiento... le sobraba la ropa... necesitaba carne, se desabrochó el vaquero para hacer lo mismo con los vaqueros de Soledad, pero en la maniobra, ella se giró, le clavó la mirada y Gregorio Olalla, petrificado, con los pantalones caídos y el pene aún erguido, dejó de hablar para siempre.

jueves, 26 de agosto de 2010

y yo me iré...



Al llegar a la casa de la playa y abrir la puerta del dormitorio para acceder a la terraza, mis hijas, descubrieron con tristeza y también con esperanza -cual inequívoca sensación agridulce, la muerte y la vida a un tiempo-, pues en el suelo de la terraza yacían dos pequeños pajarillos caídos del nido, y es que, en los salientes del tejado de la terraza, entre las tejas, anidan desde siempre los gorriones.

Junto a sus hermanos muertos había un tercero que permanecía vivo, pero que al ser aún pequeño, no sabía volar y le era imposible ascender al tejado, con los suyos, por lo que estaba atrapado en la terraza que actuaba cual enorme jaula al aire libre.

Recogimos los pequeños cadáveres y, al gorrioncillo superviviente, con sumo cuidado y cariño mis hijas le dieron de comer y beber, le compraron con sus ahorros una bonita jaula de color blanco y, estaban dispuestas a responsabilizarse de él, de atenderlo y criarlo: !la vida, hace asomar en simples pequeños gestos, instintos maternales!.

Ya más recuperado el gorrioncillo, comido y bebido y en casa nueva aún con barrotes, observaron las niñas que también en los animales el instinto maternal es poderoso, pues la madre del pequeño huésped de la jaula, cuando la terraza estaba sola, venía a traerle comida que le daba a través de los barrotillos.

Responsablemente decidieron las niñas sacar al pajarillo de la jaula, y dejarlo en el suelo de la terraza para que su madre le pudiese dar de comer más cómodamente, era evidente que ella ostentaba más derechos que nadie frente a la cría... y la madre, venía una y otra vez a darle de comer a su pajarillo, constantemente, sin descanso.
Y cada vez el pequeño gorrión daba voladitas más y más altas, más y más largas... pasados unos días, la terraza se quedó sola -como el Fonseca y la Universidad de la famosa canción de la tuna-, el pequeño gorrión había aprendido a volar y se había vuelto a su lugar, con los suyos.

El amor y la vida desafían cada momento al devenir, !ya lo creo!.
La vida sigue, continúa, siempre continúa, y yo, me acordé entonces de aquel hermosísimo poema de Juan Ramón Jiménez:

Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando
y se quedará mi huerto, con su verde árbol
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron,
y el pueblo se hará nuevo cada año,
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico...

Y yo me iré, y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde,
sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...

y se quedarán los pájaros cantando.


miércoles, 4 de agosto de 2010

bonnes vacances!


Me llegaron por fin las vacaciones... y, supercontenta como estoy me atrevo hasta a dejaros un haikus:

Mientras hablamos
fluye sin detenerse el tiempo,
aprovecha el día.


Os deseo a
tod@s bonnes vacances...lo más de lo más, que sean sin duda las mejores de vuestra vida: !Disfrutad a tope de las vacaciones, aprovechadlas al máximo y, hasta la vuelta!!!


miércoles, 21 de julio de 2010

el juramento de Marina Beltrán (continuación)

....Entre los pros, que había gozado durante años de hombres guapos, educados, dulces, cultos, divertidos, y desde luego profesionales competentísimos, pues la habían hecho gozar, de eso no cabía duda alguna. Y ni que decir tiene que durante todos esos años había sido la envidia de sus amigas, que no acertaban a entender como conseguía aquellos novios extraordinariamente ideales y maravillosos.

Entre los contra, que se acercaba su final, que los lejanos 45 ahora le parecían una cifra extremadamente anoréxica, extremadamente cercana, que, no sabía porqué pero siempre pensó deberían ser al menos a los sesenta y cinco, coincidiendo con la edad de la jubilación... pero en ésto, no tenía ya la cosa remedio: el tiempo jugaba en su contra y los compromisos habían de cumplirse, la secta había cumplido los suyos escrupulosamente, y a ella no le cabía otra cosa, ya no se podía volver atrás y modificar o anular lo acordado.
Y en la cabeza de Marina, continuamente aquellas valoraciones de los contras y los pros, el hice bien, he disfrutado de la vida, o el me equivoqué, porque precisamente disfrutar de la vida es vivirla; al principio, iba ganando terreno la equivocación, pero cada vez que maduraba más y más el asunto, la victoria se decantaba claramente hacía el juramento, porque pese a todo lo que aparejaba éste, incluida la muerte, también suponía vivir intensamente la vida, -limitadamente sí, pero vivirla y disfrutarla al fin y a la postre-... ¿podría decir todo el mundo al morir que había disfrutado de verdad de la vida?, ¿podrían decirlo tanto como ella?.
Por eso, aquella tarde, después de hacer el amor con Rubén, muy serena y absolutamente convencida le dijo:


- Ru, cada quien es dueño de su propia muerte, y llegado el momento, no queda otra que morir en dignidad, sin miedo, sin dolor.


Rubén, la escuchaba perplejo pero asintiendo, intentando comprender y respetando como siempre sus convicciones.


Y Marina, continuó resuelta:


- He decidido que voy a morirme diez días antes de cumplir los cuarenta y cinco, haciendo el amor y con una copa de buen champagne, una buena muerte Ru, quiero ser yo la que ponga el último broche a mi vida. Si he de morirme, que sea como todos estos años, disfrutando.


Desde ese día en que se lo dijera, muchas veces habían hablado los dos del asunto, pero no con desidia ni con angustia, sino como se habla de un suceso que nace de tu voluntad, sin pastorear ojalases ni pesares, una decisión como otra cualquiera: su decisión.
No quería Marina cerrar su vida oyendo los avisos de la organización de haber cumplido con la edad para el óbito sin haberse producido éste, y vivir -sino malvivir- sus últimos días con el sólo pensamiento del cómo, cuando y donde la iban a matar... no, prefería ser ella la que eligiese el momento, el lugar, las circunstancias. Ser ella la que escenificara su salida de este mundo, y que cayera el telón a lo grande.

Por otra parte, justo el hecho de la cercanía de su muerte antes de los fatidicos cuarenta y cinco, no la deprimía en absoluto -como cabría suponer-, sino todo lo contrario, la hacía sentirse más viva que nunca, y desear vivir estos últimos años intensamente, con una vitalidad inusitada, sabiendo como sabía que eran los últimos antes del último, saboreando el día y la tarde y la noche, gozándolo todo, rozando el éxtasis.
Sentía la vida latir en sí misma, en su piel, segundo a segundo, y aunque parecía extraño, como un gran contrasentido o un galimatías existencial, resultaba ser justo aquella andadura inexorable a la muerte la que a su vez la hacía vivir a tope, como jamás nunca, sintiendo todo como nunca, gozando de todo como nunca.

Llegó el día y Marina lo recibió feliz, se arregló con coquetería, sacó del armario el mejor de sus vestidos y sus zapatos de tacón vertiginoso, los de tiras trenzadas color plateado. Resuelta salió a la calle, y en la vinoteca pidió una botella del mejor champagne francés, ni se inmutó cuando la dependienta, al cobrarle, le pidió 290 €, y, con su compra envuelta en una bolsa de tela de vivos colores, se marchó a casa sintiendo el sol en la cara y respirando el aire a bocanadas llenas, como si se le fuera a escapar por invisibles tubos calle abajo.

Cuando llegó a casa, Rubén la estaba esperando sentado en el sofá con un ramo de rosas rojas, tiernas, aterciopeladas, aromáticas. Desgranó las rosas y esparció sus pétalos sobre la cama, con complicidad, y con esa elegancia innata que le caracterizaba, descorchó el champagne y comenzó a desnudarla, como en un delirio le hacía el amor, y Marina Beltrán gozaba y gozaba, con cada beso, con cada caricia, con cada roce... se había tomado su copa y sabía que sería la última vez que haría el amor, la última,... el veneno, ya en su cuerpo, corría directo al corazón.

miércoles, 14 de julio de 2010

el juramento de Marina Beltrán


Mirando el almanaque Marina se dió cuenta de que dentro de apenas un año cumpliría los cuarenta y cuatro y que, por consiguiente, solo faltaban escasos dos para su muerte, como marcaban las rígidas normas de la secta en la que militaba y, como ella misma había jurado solemnemente el día de su ingreso: moriría justo al cumplir los cuarenta y cinco.
Solo entonces fue verdaderamente consciente de su tragedia, y un frío le sacudió el cuerpo zarandeandola de arriba a abajo in misericorde, pues, la acuciante realidad de que el tiempo jugaba ya en su contra porque ella misma así lo había decidido, invadió por completo su mente de un pánico escénico que apenas la dejaba respirar.
Recordó de inmediato, como si lo viviera en ese instante, aquella tarde en la que decidió ingresar en "las diosas de la luna llena", secta de la que nunca había oído hablar hasta entonces, y que llegó a sus oídos a través de la amiga de una amiga de su amiga, también desengañada como ella.
La secta, reunía a mujeres que, renegando de todo tipo de compromisos, buscaban a un hombre con el que vivir por el mero placer de sus cuerpos, huir de la soledad, y el siempre placentero goce del sexo.

Marina, durante mucho tiempo había estado -como todas- buscando a su príncipe azul, pero sus pretendidos principitos, siempre habían terminado en ranas sin opción de beso redentor de por medio, y así, cansada de fracasos amorosos, cansada de arrastrar cicatrices cada vez más marcadas en el corazón y en su piel misma, la salida de ingresar en la secta no le pareció por entonces, francamente, una mala elección: allí encontraría a un hombre con el que compartir cama y caricias, con el que llenar sus tiempos tras el trabajo y mitigar esa soledad cada vez más aplastante; si la cosa no funcionaba, adiós muy buenas y al siguiente de la lista, la secta en ésto, funcionaba como una entidad comercial que mira por la óptima rentabilidad del negocio... ella, solo tenía que entregarse al gozo, a la compañía, al sexo, sin tener que formalizar relación alguna con los hombres que eligiera de los de la lista, y pudiendo cambiar de pareja cada vez que quisiera, sin más procedimiento que una llamada de teléfono, una breve explicación y el nombre del nuevo elegido. Pero, como toda secta, exigía sus condiciones que debían ser juradas y cumplidas al pie de la letra en el momento del ingreso.

Entre estas condiciones estaba la de que, necesariamente, había de morirse antes de cumplir los cuarenta y cinco o el día mismo del fatal cumpleaños, bien a mano de una misma, o bien a manos de la propia secta, en el momento y lugar que ellos estimasen oportuno y por supuesto, sin ningún previo aviso a la futura finada. Era también requisito que todos los bienes de la difunta fuesen heredados por la organización, para lo cual, las ingresantes debían formalizar las correspondientes escrituras públicas. E igualmente, se exigía como condición previa al ingreso la ligadura de trompas, pues de haber tenido hijos las diosas de la luna llena, éstos primarían en los derechos sucesorios frente a la organización, lo que obviamente, minoraría la rentabilidad del negocio. Y Marina Beltrán, un diecinueve de mayo con luna llena y treinta y tres años, juró, escrituró, y se ligó las trompas.

A Marina esa cifra (los 45), se le antojó lejana en el momento del ingreso -acababa de cumplir los treinta y tres-, y aquellos rotundos cuarenta y cinco eran cantos de sirenas en mares lejanísimos. Ahora, acercándose cada vez más a la negrura de ese escenario, el balance de pros y contras se le imponía del todo necesario e inminente, pese a la macabridad, ella, necesitaba de ese análisis de pros y contras, y más que nada en el mundo, necesitaba desesperadamente que en el análisis ganaran los pros, pues solo en esa victoria tendría sentido el juramento que determinaba su vida y su muerte, su acierto o su rotunda equivocación.

Entre los pros, estaba el haber gozado durante años de hombres guapos, educados, dulces, cultos, divertidos, y desde luego profesionales competentísimos pues todos la habían hecho gozar, de eso no cabía duda alguna. Y, ni que decir tiene que durante todos esos años había sido la envidia de sus amigas, que no acertaban a entender como conseguía aquellos novios extraordinariamente ideales y maravillosos......


Querid@s, continuará en la siguiente entrada



miércoles, 16 de junio de 2010

la abuela Teresa (continuación)


Volví a abrazarla cerrando los ojos, y para cuando los abrí, mi abuela ya no estaba. Miré a todos lados, salí a la cocina, al pasillo, entré en el cuarto de baño, atravesé el salón... pero no la encontraba. Me dirigí a su dormitorio y al entrar, me encontré a mi madre sentada en la cama, hundida, llorando sin consuelo mientras abrazaba aquel vestido de lunares celestes y turquesas de mi abuela... ese que le gustaba ponerse a la abuela para ocasiones especiales.
Recuerdo que nunca ví a mamá más hundida ni más pequeña, dolía verla llorar acurrucada en sí misma y abrazada al vestido... un sentimiento de ternura, o de consuelo, o de piedad, o de todo junto me invadió, me puse de rodillas cerquita de ella y sin decirle nada, la abracé, justo entonces, me dí cuenta que la abuela estaba detrás de mamá, sentada a su lado en la cama.

- Mamá, la abuela está aquí,

le dije mirando a donde estaba mi abuela, dándole claramente a entender que sólo tenía que girarse y mirar hacía atrás, pero mi madre, no paraba de llorar, tenía los ojos rojos, la cara congestionada y una mirada ausente, opaca, perdida.

- Mamá, que la abuela está aquí, con nosotras

insistí yo, pero mi madre, me cogió la cabeza con las manos y me besó en la frente... comprendí entonces, que ella no la veía, que no podía verla.
No insistí más, me levanté del suelo, le cogí el vestido de mi abuela y lo volví a colocar otra vez en el armario, me senté a su lado, enganchandome a su brazo como cuando vamos las dos andando juntas por la calle y, sin saber cómo, le dije todas aquellas palabras que, más que mías, parecían salidas de la boca del mismísimo Platón, de Sócrates, de Heráclito, de Anaxímenes... de cualquiera de aquellos filósofos griegos que yo tenía que estudiar en Filosofía y cuyas teorías tanto me costaban aprender.
No sé si fue por el efecto que mis palabras causaron en ella, o en mí misma -puesto que yo no salía de mi asombro-, pero lo cierto es que mi madre dejó de llorar, se recompuso como pudo, y a bocajarro me soltó decidida:

- Inés, voy a la cocina a preparar la merienda.

Salió del dormitorio, en la habitación nos quedamos la abuela y yo, mirándonos las dos, la una frente a la otra, y fue en aquel preciso instante en el que decidí que tenía que escribir la historia de mi abuela. Una historia, que comenzaba un veintisiete de febrero de mil novecientos treinta y siete, cuando en el nº 4 de la calle Alhóndiga, una casa del barrio de Santa Catalina, en Sevilla, ella vino al mundo, y que curiosamente, no podía acabar el catorce de mayo de dos mil diez, -día en que mataron a la abuela-, puesto que era evidente que la historia que yo tenía que contar, abarcaba muchísimo más que su vida misma.
Presta, cogí papel y boli y le dije a mi abuela:

- Abue, ya sabes que antes de morirse hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Te faltaba lo de enmedio, abuela, pero no te preocupes, eso lo vamos a solucionar ahora mismo: he decidido que escribamos tu historia, y ya tengo el título "LA ABUELA TERESA".


Algunas veces, me habeis dicho si tal o cual relato va a tener continuación, os diré que éste si lo voy a continuar, pero, en vez de un relato breve -como los que hasta ahora he escrito-, haré un cuento, algo más largo... un cuento en donde imaginaré la vida de una mujer que nace siete meses después del comienzo de la guerra civil, que vive los años de la postguerra, que no puede estudiar y se casa, que en su matrimonio es lo del todo feliz que le dejan los tiempos y las circunstancias, que en su madurez se involucra en la ayuda a mujeres maltratadas, y que muere en extrañas circunstancias... y todo eso contado por su nieta Inés, que tiene dieciseis años, es una adolescente como cualquier otra de su edad, pero que puede ver a su abuela muerta, hablar con ella, abrazarla, reir con ella, tocarla... porque Teresa, muerta y todo, ha decidido quedarse en este mundo durante un tiempo... Va a ser mi primera historia larga, es la "tarea" que voy a asignarme para el verano, !a ver cómo me sale!


domingo, 13 de junio de 2010

la abuela Teresa


Tras el sepelio, que pese a que se había solicitado fuese lo más íntimo posible, convocó en Iglesia y cementerio a una ingente cantidad de personas de lo más variopintas, sólo quedaba ir a la casa, a recoger y ordenar esas cosas personales de la abuela que, tras su partida, habían capturado sus últimos instantes de vida.
Al ir hacía la casa con mi madre, notaba -según nos íbamos acercando-, como que a mi madre le costaba trabajo andar, llegar a esa casa, abrirla por primera vez sabiendo que ella ya no estaba allí, que ya no estaba y no lo estaría nunca.
Cuando llegamos, recuerdo que mamá respiró muy hondo antes de sacar de su bolso las llaves y abrir la puerta, y recuerdo también, lo chocante que a mí me resultó ver esa puerta cerrada a cal y canto, pues la casa de mi abuela siempre estaba abierta de par en par, abierta y llena a rebosar de vida, con todas aquellas acogidas que respiraban paz aún sus caras hinchadas, sus ojos morados y sus labios partidos... la casa de la abuela, pertenecía a una red de casas de acogida para mujeres maltratadas.

Ya dentro de la casa, el silencio y la oscuridad me dieron frío, miré a mi madre, pero ella, infinitamente triste, no estaba como para encargarse de mí, era natural, necesitaba su duelo.
Asumir la muerte de una madre no era lo mismo que asumir la muerte de una abuela, no me había dado cuenta antes de ésto, pero, es cierto que yo estaría aún más hecha polvo si se hubiera muerto mamá, pese a lo muchísimo que quería a la abuela... no quise seguir con este pensamiento macabro, ya que me horrorizaba la sola idea de perder a mi madre, y rápidamente, con la mirada la busqué, al verla, me tranquilicé... ella, estaba en el salón, de pie frente a las estanterías, y miraba y tocaba muy despacito todos esos libros, fotos, figuritas, dibujos... los innumerables cachivaches que llenaban de vida las estanterías de mi abuela.
Dejé a mamá en el salón, absorta como estaba en los recuerdos, y decidí marcharme arriba, a la azotea, pero justo al pasar por la cocina, la ví: estaba en el fondo del patio regando las macetas.
Recuerdo que no me impresionó demasiado ver a mi abuela allí, en el patio regando sus macetas, porque ya había oído muchas veces que los muertos permanecen un tiempo entre sus cosas antes de marcharse del todo.
Atravesé la cocina y al llegar al patio la llamé:

- !Abuela!

ella, se giró, dejó la regadera y me abrió los brazos como siempre, corriendo fui a abrazarla, sí, era ella, mi abuela, sí, era su olor, su suave piel, su pelo, sus brazos, sus pendientes largos de coral, sí, mi abuela, era mi abuela Teresa.

- Que guapa estás, le dije

!menuda tontería ¿verdad?, cómo se me ocurriría decirle ésto, decirle a una muerta que estaba guapa!, supongo que serían los nervios, o quizá la emoción de un encuentro inesperado, ella, me sonrió bonachona, con esa sonrisa suya de siempre y yo, a la carga otra vez, le pregunté:

- ¿Vas a quedarte mucho tiempo aquí, abuela?

francamente, no sé donde estarían mis neuronas en aquellos momentos, y, no puedo entender como se me ocurrió preguntarle una cosa así, tan carente de tacto... no me doy crédito a mí misma, pero así fue, increíble pero cierto. Mi abuela, parsimoniosamente, mirándome mientras me colocaba el pelo detrás de los hombros, me respondió:

- Voy a quedarme un tiempo.


... CONTINUARÁ en la siguiente entrada


lunes, 7 de junio de 2010

resulta que un buen día



Estaba frente al espejo, aún desnuda tras la ducha, secándose parsimoniosamente el pelo, cuando de pronto, se notó que un pecho le desnivelaba el cuerpo, como si se hubiera cebado con él especialmente la Ley de la gravedad.
No había apreciado antes esa manifiesta caída en picado, pero al constatarla, cogiéndose el pecho para colocarlo en su lugar, notó que algo duro como una piedra tiraba de él para abajo... se negó a seguir tocando al intruso, pero desde sus adentros, con una voz enérgica y racial le gritó: !maldito, no pienso descontar a valor presente lo ocurrido, voy a sacarte de mí, te lo juro, esta guerra, por mis ovarios que te la gano con creces!

Quiero dedicarle esta entrada especialmente a Luz, y a tantas y tantas mujeres que un buen día descubren que tienen un intruso en su pecho. A todas ellas, mujeres valientes, luchadoras con uñas y dientes contra ese cáncer maldito y casi siempre silente, que desde luego, no va a poder con ellas: !ánimo supercampeonas!

sábado, 29 de mayo de 2010

Oscar, Edgar y yo























!Dios mío era de locos!, !absolutamente de locos, sí, de locos!, me lo había repetido a mí misma una y otra vez, mil veces por lo menos, !de locos!, pero nada, no por eso, dejaba de andar de trajín con el encuentro, con los nervios totalmente aceleraos y esa sensación de pánico, como de vivir y no vivir a un tiempo...
y es que desde luego era de locos, absolutamente de locos esa cena con ellos en el Oriza... !madre mía de mi alma, qué locura!, todo el día agobiadísima por no saber qué decir ni qué hacer, por atascarme con mi inglés cortito y chapucerillo, por si ponerme este vestido o aquel, o el pelo largo como de costumbre o si un moño bajo femenino y favorecedor... ¿y que íbamos a pedir en el Oriza?, ¿ellos comerían?, !qué locura!, y si al menos alguno fuera Rimbaud o Baudelaire, quizá podría hablarles con soltura y fluidez, al fin y al cabo estoy en tercero de francés, pero no, en inglés, y ellos... aunque claro, bien mirado y después de todo, era una suerte, un honor, un milagro, una locura sobrenatural... francamente, ya no se qué era, la verdad, pero desde luego, no se cena todos los días con dos escritores y poetas, que estén muertos, a estas alturas ya me parece que es lo de menos, y, ni que decir tiene, lo más exitante, no cabía duda.

Al entrar en el restaurante, así, medio perpleja, medio excitada, medio muerta de miedo y de curiosidad, medio viviendo sin vivir en mi como Santa Teresa, de inmediato los vi, charlando los dos animadamente en la barra.
Como comprenderéis, miré y miré una y otra vez aquí y allá, a un lado y a otro, pero nada parecía salir de la rutinaria normalidad de un restaurante... ellos estaban allí, y sorpresivamente todo el mundo se comportaba como si tal cosa !manda carallo!, yo muerta de angustia, de nervios, de perplejidad, en un sinvivir y sin llegarme la ropita al cuerpo, y estos dos sin embargo, allí, charlando en la barra como si nada... !qué locura!, titubeante, me dispuse a ir hacía ellos ensayando por lo bajini un good night my dear poets, pero no había dado siquiera un paso, cuando ellos, al quite, captaron la intención y vinieron a mi encuentro... sin palabras, en el centro del hall, los tres nos fundimos en un abrazo cálido, atemporal, hermoso... la cena, prometía.