sábado, 27 de noviembre de 2010

la puta y Robin Hood (continuación)


Desde que Elisa viera de niña aquella película en el cine de verano de su pueblo, Robin Hood saltó literalmente de la pantalla a su corazón, y desde entonces, ya siempre estuvo presente en su vida; bien es cierto que no de una manera física y real, pero sí como aquel con quien hablaba en voz baja de sus ilusiones, de sus miedos, de sus glorias y de sus miserias, aquel a quien consultaba sus decisiones y a quien sentía día a día a su lado, aquel con quien comparaba a todos, aquel que jamás la abandonó, y el único que de verdad la conocía de veras.
Y es que !cómo no llevar en el torrente sanguíneo a alguien tan generoso, tan resuelto, tan gallardo, tan cautivador... ya tratando a todas las mujeres como damas, ya robando a los ricos para repartir el botín con los pobres, ya aceptando a su lado a todo el que quisiera ser libre, sin importar lo más mínimo su pasado!, !era imposible no llevar a un hombre así en el corazón!, !imposible!.

E igual que estaba segura de la existencia de Robin, la misma seguridad tenía en que debía existir un lugar como el bosque de Sherwood, un lugar diferente, donde ser libre, donde vivir sin pasado, donde respirar, donde susurrarle a la vida... y tenía que encontrarlo, o al menos... intentarlo.

Como siempre, sentía a Robin cerca, a su lado, y puesto que don Alvaro seguía dormido a pierna suelta, Elisa decidió reacomodarse en la cama volviéndole la espalda, por lo que metió un brazo debajo de la almohada, puso el otro encima, y comenzó a hablar:

- Robin, ya te lo conté el otro día, quiero tener un niño, quiero tener mi barriga y mi bebé, siento un algo que me hace desearlo por encima de todo, por encima incluso de la casa rosa... no me importa tener que marcharme, bueno, sí que me importa, ya sabes Robin que aquí estoy bien, muy bien, que no me falta de nada y que tengo dinero para todo, pero es que me importa más el niño, quiero tenerlo Robin, siento deseos de parir y no puedo evitarlos.
Ya sé que tendré que irme de aquí, pero, puedo irme a Alicante con mi hermana, vivir en su casa, cuidar del Robert y del Marcos, planchar, fregar, barrer... mientras me crece el bombo, y cuando nazca el niño, buscarme un trabajo -otro trabajo- ¿no crees Robin que con mi hermana estaré bien?, ¿a que sí?, y total, tampoco necesito tanto, cama y comida, porque parir es gratis en la Seguridad Social, y ya le buscaremos al niño la cunita y la ropita de sus primos.

Y en este monólogo entre si misma y Robin Hood estaba, cuando el campaneo del ángelus despertó a don Alvaro, cortando de inmediato sus cuitas y conminándola al ejercicio de su papel:

- Buenos días mi cherí, ¿que tal ha dormido mi osito, eh?, ¿quieres que te traiga el desayuno mi amor?.

Y un don Alvaro bostezante y desperezándose, tocándole las tetas con ternura, le contestaba que lo de siempre, que un café solo y panecillos Bimbo con mantequilla y mermelada de ciruela.

Elisa, salió de la cama, se puso una bata y se marchó abajo a por el desayuno. Antes de cerrar la puerta y salir de la habitación, se giró pícara hacía don Alvaro para lanzarle un besito mientras se ajustaba el cinturón de su bata, después de todo, ella era una puta y nobleza obligaba, el trabajo es el trabajo, y siempre debía estar bien hecho.

Por las escaleras, iba hablando con Robin de parir un hijo, cerrar una página, dejar de ser puta y pasar a ser madre... al llegar a la cocina, la escena de dentro curiosamente la sorprendió, una escena que por otro lado era de lo más habitual y de la que ella misma había participado un sin fin de veces, sin embargo, esta vez se quedó callada e inmóvil en el quicio de la puerta, observando como algunas de sus compañeras trajinaban tazas, copas, exprimidor, cafetera, tostadora... preparando cansinas el desayuno de sus cada quien, mientras unas a otras se preguntaban por lo bajini, para no alertar a doña Rosa que se tomaba un té mientras leía el periódico en el saloncito de al lado, que cómo les había ido la noche y qué que tal se les presentaba el día.

Elisa las fue observando una a una: todas jóvenes, todas hermosas, todas con preciosas batas de alta lingerie, y todas suspirando porque llegara un día un hombre que las jubilara... un hombre, antes de que el tiempo y la edad las apartara de la casa rosa. Era un brindis al sol, sí, pero pese a todo, era esa ilusión última que jamás decae y que precisamente te sustenta, y apoyada en la puerta, no podía sino sentir amargura, mucha amargura del eterno brindis al sol de sus compañeras de oficios y sacrificios.

Antes de entrar a la cocina, volvió la cabeza hacía un Robin inexistente pero al que sentía presente y a su lado, le dió por mirarse a sí misma un instante, y un chispazo de ironía le estalló por dentro, de esa ironía que te arranca de cuajo risas y llantos a un tiempo. Las demás, habían ido saliendo con sus bandejas de desayunos y la cocina, se había quedado muda e inerte como un trasto inútil.
En silencio, Elisa se dispuso a trajinar tazas y cafetera y tostadora... y su cabeza hablaba, le hablaba, ya no podía evitarlo, hablaba de un hijo, de treinta y tres, de cerrar un capítulo, de ir en busca del bosque de Sherwood... sí, porque resulta que ella lo sabía, que en el fondo siempre lo supo, que cuando se es puta, es muy conveniente tener un Robin Hood que te acompañe hasta encontrar tu sitio, que una misma es la única dueña de todo su mundo, y que la voluntad siempre deja pequeños a los brindis al sol.


lunes, 15 de noviembre de 2010

la puta y Robin Hood


La habitación de Elisa Mena en la planta de arriba de la casa rosa, estaba presidida -como todas las demás-, por un gran espejo envuelto en un marco dorado con manifiestas pretensiones barrocas. Desde la cama, situado como estaba en el lado opuesto, podía verse sin ninguna dificultad, del dorso para arriba de los ocupantes del lecho; la vista del dorso hacía abajo, suponía un pequeño esfuerzo, pero añadía morbo a la visión y sus efectos.
Salvo el espejo con pretensiones barrocas y la lámpara con lagrimitas de cristal, el resto de la habitación era sobria y funcional, lo que daba al lugar un ambiente cálido y acogedor. Los colores de las paredes, de la colcha, de las sábanas y de las cortinas eran en tonos beis, rosa palo, marfil y blanco roto, respectivamente, y matizaban su calidez con un toque de elegancia y sofisticación bastante a tono con la casa.

Era sábado, ya haría unas horas de haber amanecido, pues los tímidos rayos de un liviano sol de marzo se filtraban por entre visillos y cortinajes. Elisa, -titular del dormitorio-, llevaba un rato despierta en la cama sin hacer otra cosa que percibir las sensaciones del día: las luces filtrándose por la ventana dejando ver al contraluz las partículas de polvo en suspensión, los ruidos de los pájaros en el jardín, el tintineo de cacharros abajo en la cocina, y la respiración suave de don Alvaro que dormía profundamente a su lado.
De pronto, le hizo gracia que al mirar el reloj digital de su mesilla de noche desde el espejo, la imagen reflejaba un ll-OE, lo que hizo que girara súbitamente la cabeza y mirara de frente el reloj, comprobando que el ll-OE no se refería a Yo, Elisa -como interpretó su cerebro al ipso facto-, sino que estaba terminando el mes, y eran ya las once de la mañana.

Se quedó mirando hipnóticamente aquella imagen fechada reflejada en el espejo, pensando al mismo tiempo, que ya tenía treinta y tres años y pronto treinta y cuatro... y la llamada, esa llamada que como un Pepito Grillo vivía desde meses en su cabeza, no hacía más que recordárselo una y otra vez: treinta y tres, treinta y tres... y casi al instante, como si desde dentro se le encendiera una lucecita o se le activara un chip, en décimas de segundo, volvió con aquello de que tenía que tener un hijo, que se le estaba pasando el arroz, que treinta y tres eran treinta y tres, que el tiempo la apremiaba, y que para una mujer, el arroz, cuando menos te lo esperas resulta que termina pasándose.

Miró a don Alvaro durmiendo a pierna suelta a su lado, y no le pareció ni bien ni mal que fuera él el padre de su hijo, al fin y al cabo era una mera necesidad, ella no podía autoembarazarse, y total, a él iba a suponerle algo placentero y gozoso; sólo para ella sería mucho más, un todo más, un alto en su vida, un cerrar página, un pasar de puta a madre, un dejar de estar a disponibilidad plena y total para el servicio... ya no podría entrar y salir de aquí para allá trolley en ristre como la "secretaria" de tal o de cual, y desde luego, tendría que dejar la casa rosa y buscarse un lugar donde vivir, y un trabajo que le permitiera criar a un hijo con la cara en alto: era consciente de todo ésto.

Volvió a mirar a don Alvaro y lo tuvo claro, era su decisión: iba a tener un hijo, a nadie tenía que pedir cuentas y a nadie rendir explicaciones salvo a Robin Hood, su héroe, su ángel, su consultor, su consciencia.


(continuará en la siguiente entrada)


domingo, 7 de noviembre de 2010

pues resulta que


Me encuentro mal, que más quisiera yo que no, pero nada, mi gozo en un pozo... ando de cabeza y, como la del dibujito, con la sensación angustiosa de llegar tarde a todo, empezando por mí misma.

!Ayyyy qué semanita!, tremenda, absolutamente tremenda. Rezumo -o más bien chorreo- estres, y ésto resulta que lo digo a la literalidad pues, cuando estoy estresada me sale un tic en el ojo izquierdo no demasiado llamativo a la vista, pero desquiciantemente incómodo, y aquí ando, con mi tic a cuestas.

Al trabajo densísimo de la semana, tuvimos que sumarle (toda la oficina) cambio de sede, mudanza express incluida: un día para empaquetar, trasladar y al siguiente desempaquetar y funcionando; y en mi suma particular, mi hija mayor (16 años) beligerante donde las haya, rebeldísima sin causa, la más protestona y contestona de España, "adolescente" en una palabra, ya me entendéis, en pie de guerra y sin tregua, y yo con el tic y negociando... la partida aún la tenemos en tablas.

Encima, mañana lunes, !dios santo lunes! y vuelta a la rueda: de casa a la oficina, comiendo rápido y a la oficina, a casa, la cena, la lavadora, la guerrillera... pero en fin, en positivo: esta semana, no puede ser peor que la anterior, por consiguiente, necesariamente será mucho más llevadera, así que a afrontarla con armonía y buen rollito. Espero, no solo salir vivita y coleando, sino además, dejar el tic, poder dar un paseo, ganar la partida o dejarme ganar pero a conveniencia, escribir un poco y leeros mucho... !a por ello!.

Buenas noches y mil besitos mu gordotes.


miércoles, 27 de octubre de 2010

puentes



Puentes que nos separan,
puentes que nos unen.

Puentes que son poemas y
también espadas.

Vidas como puentes,
y puentes de espejos
donde nos miran
y nos miramos.

Puentes que son vida
y vida por los puentes,

puentes...
¿Cuando se vuelve mar el río?

!Efímero fue don Quijote
y pétreos los molinos!

Puentes, atravesados
por la vida de los otros.




domingo, 17 de octubre de 2010

sangre


Anselma

La primera vez que recuerdo que mi tata me lo contó era yo chica, tendría como 6 ó 7 años, no más, luego, lo habré oído unas mil quinientas veces, no te exagero Inés, mil quinientas !pobre mujer!.
Al principio, no entendía porqué mi tata repetía tanto y tanto la misma historia, pero con el tiempo, no sólo lo comprendí, sino que además provocó en mí un sentimiento de unión y solidaridad con la tragedia de mi tata, un sentimiento algo adormecido por el tiempo pero vivo y doloroso que aún llevo aquí, en mi corazón. !La guerra, que cosa tan terrible la guerra!, !cuánto dolor arrastra, Inés!, !cuanto odio, cuanta miseria, cuánta sinrazón!, !cuánta sangre derramada!

- Eran más de las doce de la noche cuando nos despertaron los golpes en la puerta: "Benito Cuesta", "Benito Cuesta", gritaban los falangistas... enseguida nos pusimos en pie, y apenas abrimos el portalón, lo cogieron. Él, solo tuvo tiempo de darme el anillo de casados y el sello de oro de su padre, mientras se lo llevaban... me quedé llorando abrazada a los hijos, rezando y suplicando que no me lo mataran.
A los dos días, muy de mañana, después de las primeras campanas de la misa de ocho, vino Matea la del sastre a decirme que mi marido estaba muerto en la parilla del cementerio.

Lo contaba una y otra vez Inés, una y otra vez, !y cómo no contarlo si fue la tragedia de su vida!, el instante mismo que la partió en dos. Una cosa así es imborrable, imposible sacarla del torrente de tu sangre, !imposible!, !pobre Anselma!.

- ¿Y qué hizo tu tata? le pregunté a mi abuela.

- ¿Que hizo de qué?, me contestó.

- Pues, cuando le dijo la vecina lo de su marido muerto en el cementerio.

- !Que iba a hacer, hija!, enterrarlo, enterrarlo y llorar y callar, no podía hacer otra cosa. En aquellos tiempos Inés, las mujeres sólo podían sufrir y callar.




* fragmento de "La abuela Teresa"


jueves, 30 de septiembre de 2010

de como las manzanas son arrastradas al suelo por la ley de la gravedad


Bartolomé Esteban era un ser desgraciado desde que perdió el trabajo, perdió su casa y, como carambola a tres bandas, perdió también a su mujer.
Se llamaba así, con un nombre tan sonoro y grandilocuente en honor a Murillo, el pintor de las Inmaculadas, de idéntico nombre, y aunque familiarmente todos lo conocían por Bartolo, sus íntimos sin embargo lo llamaban Bart, como el Simpson, con el que desde luego y a pesar de que era un dibujito, tenía muchos más pareceres que con el pintor.

Su tiempo, -desde que cerrara la fábrica donde trabajaba él y medio pueblo-, era un impenitente peregrinar desde la taberna a su casa y de su casa a la taberna, unas veces sobrio, otras achispado, otras medio sonámbulo y dando tumbos, y todas, intentando conseguir llenar de alguna manera esas interminables horas del día a día de un parado, de un apestado -como decía él-, porque pensaba, que sin duda debía de expeler algún olor diferente y desagradable el que se levanta y no trabaja, y encima ya ni intenta buscar trabajo, cansado de que amigos, conocidos y familiares se le cambien de acera a su paso por las calles, le vuelvan olvidadizos la cabeza, no le cojan el teléfono, y en general, se hagan los longuis, los suecos, los turcos... sí, era molesto tener un cuñado apestado, un amigo apestado, un vecino apestado, un compañero apestado, y él, era un apestado: el apestado del 3º A... se sentía así, como un apestado, tocado y hundido, sin salida ni esperanza, como esas manzanas que la Ley de la Gravedad inexorablemente las tira a la tierra y se pudren.
En todos sitios era un apestado, lo era incluso en el bar de Pepe, aunque allí, al menos, parecía que no olía tanto, pues la taberna de Pepe era el lugar donde siempre, tarde o temprano, terminaban por aglutinarse todos los apestados como él.

Nunca le interesó la política, pero ahora, con ésta jodida crisis a cuestas, su principal ocupación entre cerveza y cerveza era el despotrique al gobierno local, autonómico y nacional, y detrás del gobierno: los bancos, usureros sin la más mínima misericordia ni compasión... y entre trago y trago, que si el Alcalde dice que nones, que si el Ministro dice que siques, que si el Consejero de Empleo dice que ni nones ni siques, que si la crisis, que si Huelga General, que si reclamemos nuestro derecho al trabajo, y, ¿acaso sabían el alcalde, los ministros, los consejeros, los sindicalistas... lo que es estar parado, jóder?, ¿habían acaso sido alguna vez apestados como él?.

Y entre idas y venidas de su casa al bar y viceversa, venidas e idas que le deshilachaban poco a poco jirones de ánimo y de dignidad, se paraba en seco en la calle y para sí mismo, -como hablan siempre los apestados, solo para sí mismos- pues, ¿a quien va a importar lo que dicen si no importan a nadie?, para sí mismo, soltaba su retahíla:

- ¿Para qué?, ¿huelga mañana para qué?, ¿para qué gritar, para qué seguir?, ¿para qué mañana?, ¿para qué jóder, para qué?... ¿y pasado, y el otro, y el otro?, ¿cuánto tiempo más?, ¿cuánto más, jóder?, !jóder!.

Arrancó el paso, pero el movimiento, curiosamente, le soltó más que nunca boca y lengua, y sólo, calle abajo, más achispado de la cuenta y con algún problemilla para mantener el equilibrio, iba Bartolomé Esteban consigo mismo y su retahíla del para qué y el porqué y cuanto tiempo más. Nadie se detuvo a su paso, nadie parecía verlo ni oírlo, y por supuesto, nadie estaba al tanto de su plegaria.

Cuando llegó a su casa, en vez de buscar como siempre cama y siesta, decidido comenzó una recolecta, una bastante especial: una recolecta de botellas de alcohol... abría armarios y cajones y cogía de aquí y de allá... coñac, brandy, vino, anís... y cuando consideró que la cosecha ya era suficiente, se sentó en su sillón orejero donde le gustaba dormir la mona y las siestas, poniendo delante mismo, en la mesita del salón, todas aquellas botellas recolectadas... blancas, opacas, esbeltas, rechonchas, casi todas medio vacías... y las miró, las miró como quien las mira por primera vez, y junto con la mirada de asombro, una risilla hilarante apareció en su cara, la risilla del que sabe que el corazón se duerme suavemente con un coma etílico. Ceremonioso como en una boda, comenzó a abrir las botellas y a servirse chupitos, y, como en un ritual de altos vuelos, cada trago llevaba aparejado su brindis:

- !Brindo por la puta crisis, jóder!

y alzaba su copa, sin más eco que sus propias palabras que se iban desvaneciendo en el aire denso de las cuatro paredes de su salón.

- !Por el trabajo!... ja,ja,ja,ja... !por la reforma laboral de los cojones!, !por Zapatero!...

Y cada vez los brindis eran más y más variopintos e inesperados:

- !Por la verbena de San Mateo!, !por el camino del puente!, !por la Asun, cachis en la mar!, !por el Rafa!, !por el Migue!, !por...

Tres días después, los vecinos lo encontraron tendido en el suelo, tieso, frío y muerto, pero sonriendo.


Querid@s este relato lo escribí hace días, no lo he modificado, está tal cual lo redacté... pensaba publicarlo al principio de la semana, pero, respetando los sentimientos y convicciones de cada quien, y, puesto que este 29-S estaba convocada una Huelga General, lo he aplazado hasta finalizada la misma. Ya os digo de antemano que carece de intención, y que solo quiere expresar el mundo de un parado, de un parado que está cansado de pedir trabajo, cansado de esperar, cansado de promesas, cansado de la crisis, cansado, muy cansado, y que siente que cada vez va cediendo más y más la rama del manzano, y que le espera la tierra que lo pudrirá.
Mil besitos gordisísimos a tod@s

viernes, 17 de septiembre de 2010

dejame que te cuente


Querid@s, la reincorporación después de las vacaciones me ha sido costosa, (!que deciros!, cuesta seguir el ritmo frenético de los demás compañeros de la oficina que ya llevan diecisiete días de trabajo tras sus vacaciones de agosto, y cuesta coger la rutina de la vuelta al cole de los hijos y de sus horarios), por otra parte, el tomar las vacaciones partidas me ha permitido este año, saborear septiembre, en donde todavía hace buen tiempo, aún los días son largos y, donde viajar es dulce porque no vas atropelladamente, ya sabéis, es la simple relación de oferta y demanda... -sigue la oferta, pero hay muchísima menos demanda, por lo que mejora desde el precio hasta el servicio-. Así pues, decididamente he de deciros que me ha gustao veranear en septiembre, el único "pero" (si es que puede ponerse algún perillo), es lo que os comentaba antes, que es un pelín más costoso coger el ritmo a la vuelta, pues todos los demás están reincorporados y tú no, y claro, corre que te pillo a to meter... pero se supera, claro que sí. Ya practicamente integrada, os dejo este relato que espero que os guste y, me pondré en contacto con vosotr@s que, de ésto último tengo un monazo que ni pa qué.

Soledad Gamboa tenía un nosequé en la mirada que la hacía especial, diferente, y que como la cara y la cruz de una misma moneda, atraía tanto como te provocaba un repelús de frío gélido que te desarmaba por dentro y te recorría el cuerpo de arriba a abajo.
Su mirada, las más de las veces era una mirada ausente, no obstante otras, se terciaba inquietante, heladora e incluso terrorífica.

Los más viejos del lugar relataban de higos a brevas, nunca prodigándose demasiado, del sino desgraciado de las Gamboa.
Los jóvenes, sin embargo, o bien no creían en tales zarandajas, o bien pasaban de comprender algo absolutamente fuera de toda lógica.
Pero lo cierto y verdad es que algunas de las mujeres Gamboa no parecían ser como las demás, ni como las demás del pueblo, ni como las demás de este mundo: de belleza racial desde la cuna, apenas desarrollaban se convertían en hembras voluptuosas, de pechos grandes y firmes, caderas bien plantás, talle fino, labios frondosos y embriagadores y un contoneo sinuoso al andar que para toda criatura, ya fuera hombre o mujer, era imposible no seguir con la mirada y hasta incluso salir detrás de ellas cual si succionados por imanes poderosos.

Indudablemente -y esto estaba fuera de toda duda- algunas Gamboa, no todas, eran diferentes. Por eso, cada vez que alguna de ellas estaba encinta, un rumor se extendía de inmediato por el pueblo recorriéndolo de punta a punta, casa a casa, generando ansiedad y estupor, y haciendo vivir al pueblo entero pendiente de un hilo hasta el alumbramiento; ni que decir tiene que nadie jamás ponía su mano en la tripa de una Gamboa durante la preñez de ésta, como era costumbre hacer con las demás embarazadas del pueblo: esa mano en el vientre, simbolizaba calor y acogida a la nueva criatura que se gestaba, así como deseo de buen parto a la madre que habría de traerla al mundo.
Con las Gamboa sin embargo, se quebraba la costumbre, nadie se atrevía a ponerles la mano en la barriga no fuera a venirle alguna calamidad, porque la criatura de dentro fuera una de esas Gamboa diferentes. Ellas, que por supuesto lo sabían, tampoco acostumbraban a salir de su casa durante los meses de preñez, para evitar el estupor y aquellas miradas mitad esquivas mitad inquisitoriales de la gente.

La inquietud generalizada aumentaba según se acercaba la fecha del alumbramiento. Si finalmente nacía un varón, se le imponía el nombre del padre, o del abuelo, o del tío, o de algún familiar más o menos lejano; pero si era niña, la criatura nacida quedaba un año sin nombre y bajo la tutela de la matriarca del clan, que había de observar si aquella niña era o no especial y, en consecuencia, imponerle el nombre que le correspondiese -nunca igual al de su madre o su abuela o ninguna otra mujer Gamboa-, siempre, un nombre diferente.
Por eso, cuando Soledad Gamboa nació no tenía nombre, no lo tuvo hasta un año más tarde, no lo tuvo hasta que Aralia Gamboa, su bisabuela y vieja matriarca, reunió a la familia, la cogió en brazos, y mirándola a los ojos, dijo para todos: esta es Soledad Gamboa.
Solo entonces se supo como se llamaba, y solo entonces supieron que era una Gamboa de las diferentes, una Gamboa especial... pues, si durante ese año transcurrido bajo tutela de la bisabuela Aralia, ésta no hubiera apreciado ninguna cualidad especial en su onceava biznieta, Soledad no se hubiera llamado Soledad Gamboa, sino Soledad Martín Gamboa, pues solo las Gamboa especiales prescindían del apellido paterno y no ostentaban otro apellido que el del clan: Gamboa.

Y la niña Soledad fue creciendo, con una mirada especial, una mirada dulce y amarga que era capaz de desatar en los demás hechos verdaderamente inauditos. Así sucedía desde chica, cuando alguien -animal o persona- la trataba mal, ella lo miraba fijamente, sus ojos se encendían, y el desafortunado/a, jamás volvía a pronunciar palabra... de nada valía que acudiese al médico, pues ni el más afamado otorrino tras examinar al menesteroso, alcanzaba a entender porqué el paciente no hablaba, ni qué cosa podía suceder en su garganta y cuerdas vocales -en perfecto estado-, para no emitir sonido alguno, por lo que, no tenía otro diagnóstico que el de pura testarudez, simple deseo de quedarse mudo transitoriamente.
Mas la transitoriedad diagnosticada jamás cedía ni el interfecto jamás recuperaba su voz, por más médicos que visitase, más remedios que atendiese, más plegarias que rezase, o más gestos de súplicas que le hiciera a las Gamboa.

Todos en el pueblo conocían el rumor, era un secreto a voces que la mirada de Soledad Gamboa podía dejarte mudo para siempre, pero ésto, no detuvo a Gregorio Olalla que, desde hacía meses babeaba por ella, y su mirada de deseo insolente se clavaba en Soledad nada más poner los pies fuera del portalón de su casa.

Aquella tarde, a la salida del instituto Soledad lo vió como tantos días apoyado sobre el árbol grande de la plaza, espetándola babeante a que saliera y cogiera rumbo de regreso a su casa.
Gregorio Olalla, esa tarde la persiguió calle abajo con la mirada, y una vez Soledad hubo pasado la plaza, salió corriendo para apostarla de frente a la entrada del parque. Ella, al verlo de nuevo le apartó de su camino con decisión:

- déjame Gregorio, que yo no soy para tí, vete a tu casa.

pero él, loco de rabia por el rechazo y por el deseo, la agarró con furia por la espalda, y comenzó a frotar con frenesí su sexo contra el culo respingón de Soledad Gamboa. Enseguida notó el pulso acelerado, el acaloramiento... le sobraba la ropa... necesitaba carne, se desabrochó el vaquero para hacer lo mismo con los vaqueros de Soledad, pero en la maniobra, ella se giró, le clavó la mirada y Gregorio Olalla, petrificado, con los pantalones caídos y el pene aún erguido, dejó de hablar para siempre.