
Bartolomé Esteban era un ser desgraciado desde que perdió el trabajo, perdió su casa y, como carambola a tres bandas, perdió también a su mujer.
Se llamaba así, con un nombre tan sonoro y grandilocuente en honor a Murillo, el pintor de las Inmaculadas, de idéntico nombre, y aunque familiarmente todos lo conocían por Bartolo, sus íntimos sin embargo lo llamaban Bart, como el Simpson, con el que desde luego y a pesar de que era un dibujito, tenía muchos más pareceres que con el pintor.
Su tiempo, -desde que cerrara la fábrica donde trabajaba él y medio pueblo-, era un impenitente peregrinar desde la taberna a su casa y de su casa a la taberna, unas veces sobrio, otras achispado, otras medio sonámbulo y dando tumbos, y todas, intentando conseguir llenar de alguna manera esas interminables horas del día a día de un parado, de un apestado -como decía él-, porque pensaba, que sin duda debía de expeler algún olor diferente y desagradable el que se levanta y no trabaja, y encima ya ni intenta buscar trabajo, cansado de que amigos, conocidos y familiares se le cambien de acera a su paso por las calles, le vuelvan olvidadizos la cabeza, no le cojan el teléfono, y en general, se hagan los longuis, los suecos, los turcos... sí, era molesto tener un cuñado apestado, un amigo apestado, un vecino apestado, un compañero apestado, y él, era un apestado: el apestado del 3º A... se sentía así, como un apestado, tocado y hundido, sin salida ni esperanza, como esas manzanas que la Ley de la Gravedad inexorablemente las tira a la tierra y se pudren.
En todos sitios era un apestado, lo era incluso en el bar de Pepe, aunque allí, al menos, parecía que no olía tanto, pues la taberna de Pepe era el lugar donde siempre, tarde o temprano, terminaban por aglutinarse todos los apestados como él.
Nunca le interesó la política, pero ahora, con ésta jodida crisis a cuestas, su principal ocupación entre cerveza y cerveza era el despotrique al gobierno local, autonómico y nacional, y detrás del gobierno: los bancos, usureros sin la más mínima misericordia ni compasión... y entre trago y trago, que si el Alcalde dice que nones, que si el Ministro dice que siques, que si el Consejero de Empleo dice que ni nones ni siques, que si la crisis, que si Huelga General, que si reclamemos nuestro derecho al trabajo, y, ¿acaso sabían el alcalde, los ministros, los consejeros, los sindicalistas... lo que es estar parado, jóder?, ¿habían acaso sido alguna vez apestados como él?.
Y entre idas y venidas de su casa al bar y viceversa, venidas e idas que le deshilachaban poco a poco jirones de ánimo y de dignidad, se paraba en seco en la calle y para sí mismo, -como hablan siempre los apestados, solo para sí mismos- pues, ¿a quien va a importar lo que dicen si no importan a nadie?, para sí mismo, soltaba su retahíla:
- ¿Para qué?, ¿huelga mañana para qué?, ¿para qué gritar, para qué seguir?, ¿para qué mañana?, ¿para qué jóder, para qué?... ¿y pasado, y el otro, y el otro?, ¿cuánto tiempo más?, ¿cuánto más, jóder?, !jóder!.
Arrancó el paso, pero el movimiento, curiosamente, le soltó más que nunca boca y lengua, y sólo, calle abajo, más achispado de la cuenta y con algún problemilla para mantener el equilibrio, iba Bartolomé Esteban consigo mismo y su retahíla del para qué y el porqué y cuanto tiempo más. Nadie se detuvo a su paso, nadie parecía verlo ni oírlo, y por supuesto, nadie estaba al tanto de su plegaria.
Cuando llegó a su casa, en vez de buscar como siempre cama y siesta, decidido comenzó una recolecta, una bastante especial: una recolecta de botellas de alcohol... abría armarios y cajones y cogía de aquí y de allá... coñac, brandy, vino, anís... y cuando consideró que la cosecha ya era suficiente, se sentó en su sillón orejero donde le gustaba dormir la mona y las siestas, poniendo delante mismo, en la mesita del salón, todas aquellas botellas recolectadas... blancas, opacas, esbeltas, rechonchas, casi todas medio vacías... y las miró, las miró como quien las mira por primera vez, y junto con la mirada de asombro, una risilla hilarante apareció en su cara, la risilla del que sabe que el corazón se duerme suavemente con un coma etílico. Ceremonioso como en una boda, comenzó a abrir las botellas y a servirse chupitos, y, como en un ritual de altos vuelos, cada trago llevaba aparejado su brindis:
- !Brindo por la puta crisis, jóder!
y alzaba su copa, sin más eco que sus propias palabras que se iban desvaneciendo en el aire denso de las cuatro paredes de su salón.
- !Por el trabajo!... ja,ja,ja,ja... !por la reforma laboral de los cojones!, !por Zapatero!...
Y cada vez los brindis eran más y más variopintos e inesperados:
- !Por la verbena de San Mateo!, !por el camino del puente!, !por la Asun, cachis en la mar!, !por el Rafa!, !por el Migue!, !por...
Tres días después, los vecinos lo encontraron tendido en el suelo, tieso, frío y muerto, pero sonriendo.
Querid@s este relato lo escribí hace días, no lo he modificado, está tal cual lo redacté... pensaba publicarlo al principio de la semana, pero, respetando los sentimientos y convicciones de cada quien, y, puesto que este 29-S estaba convocada una Huelga General, lo he aplazado hasta finalizada la misma. Ya os digo de antemano que carece de intención, y que solo quiere expresar el mundo de un parado, de un parado que está cansado de pedir trabajo, cansado de esperar, cansado de promesas, cansado de la crisis, cansado, muy cansado, y que siente que cada vez va cediendo más y más la rama del manzano, y que le espera la tierra que lo pudrirá.
Mil besitos gordisísimos a tod@s