
No soportaba mirarse al espejo, le dolía el alma intensamente verse así, en aquel cuerpo que para nada sentía suyo. Ya desde pequeño recordaba aquellos miles de matices que lo hacían diferente a los otros niños, ese gusto por jugar horas y horas con sus hermanas, a las muñecas, tocar hasta sentir metido en su piel el tacto anhelante de vestidos y camisones, el desden por el fútbol y el scalextric, o el esfuerzo insufrible de ir con su padre de cacería aquellas terroríficas mañanas, cuando, de madrugada aún, lo levantaba con el morral ya preparado y sin apenas poder reaccionar le ponía la escopeta al hombro... la escena, aún le producía temblores.
Recordaba perfectamente aquel miedo en el cuerpo cuando bajaban del coche y las jaurías de perros, se abalanzaban a él olisqueandolo amenazantes, paralizándolo por completo. Luego, venían los disparos, la sangre, las piezas cobradas... aquellos animales muertos.
Nunca fue suficiente todo aquel esfuerzo titánico e inhumano que hacía para contentar a su padre, jamás fue suficiente, jamás. Y ahora, que no había comunicación entre ellos, ahora que no se entendían, que apenas mediaban palabra, ahora que habitaban en un sepulcral silencio, ahora, -más que nunca-, seguía doliéndole aquella tortura inconsciente de tener que contentar a su padre, porque no podía, no podía, no podía... por eso, las miradas inquisitoriales, densas y escrutadoras de su padre se le clavaban en el alma como afilados puñales de hierro candente.
No se sentía bien, no sabía qué hacer, se miraba y se daba asco, una corriente gélida lo recorría hasta la repulsión, y no sabía qué hacer, llorar era últimamente su único consuelo, !cuanto lloraba de un tiempo a esta parte!. Se miraba y lloraba, volvía a verse y lloraba y se odiaba, se sentía preso en una jaula atroz, estrecha, pequeña, negra, asfixiante, de la que no podía salir, de donde no podía escapar... pudriéndose. Pronunciaba su nombre !Pablo! y se odiaba, no quería llamarse Pablo, no quería ser él, no quería sentirse así... solo quería huir, salir de allí, escapar de sí mismo, encontrar un remedio, dejar de llorar, no mirarse, no sentirse, y, desesperadamente, luchaba contra el mundo y contra sí mismo buscando una salida a aquel cuerpo que lo esclavizaba y que lo oprimía hasta el agotamiento, hasta la desesperación.
Había llegado a un punto de amargura tal que todo le superaba, ya no podía más, le costaba respirar... miles de puñales candentes le torturaban un cuerpo que nunca quiso suyo, que no sentía suyo. Día a día agonizaba atrapado en aquel cuerpo que no era de mujer.
!Basta! se dijo en voz alta, se acabó, no puedo más. Se secó los ojos, salió de su habitación, y decidido, lleno de miedo y de impotencia, invadido por una tristeza casi infinita, con angustia, rezumando dolor, fue en busca de su madre, se sentó junto a ella, y con esas lágrimas que son incapaces de contenerse por más que aprietes los dientes y el puño, le dijo en apenas un susurro "no me gusta mi cuerpo, lo odio, no quiero ser así... mamá..."
Su madre, sin decirle nada, le abrió los brazos envolviéndolo, como cuando era niño, y lo besó, lo besó una y otra vez, le besaba y le besaba, no paraba de besarlo, sentía esos besos de su madre que lo llenaban de calor, de paz, que lo calmaban y le devolvían un sentimiento desconocido que le gustaba, que le hacía dejar de llorar... se sentía bien, allí, abrazado a su madre, sin hablar, en medio de sus besos y de su aroma, se sentía bien, seguro, en paz.
Por primera vez notaba que había saltado el muro, que no le apretaban aquellos barrotes retorcidos, que había salido de aquella jaula acorazada, negra y asfixiante. Por primera vez no se sintió raro ni solo, no se sintió extraño, no, lo inundaban mil besos cómplices de su madre, mil besos que abrían jaulas y deshacían puñales, mil besos que habían llenado su alma de caricias y le devolvían una sonrisa perdida, olvidada.
Se sentía bien, ya no estaba sólo, miraba a su madre y sonreía, sabía que ya nunca estaría solo, estaba con su madre, a su lado, lleno de besos, sin reproches, sin lamentos, estaba con su madre y en el aire, podían verse muchas mariposas de colores.