Querid@s bloggers, con el título -que no me digais que no es atrayente- de esta entrada, he querido resumir mis vacaciones de Semana Santa... el domingo de madrugada y con cambio de hora incluido, nos fuimos al aeropuerto, vi amanecer en vuelo y, muy de mañana aterrizamos en un París que aún permanecía aletargado y soñoliento, en un lluviosillo Domingo de Ramos.Volví de nuevo a un París al que adoro y retorno de cuando en cuando, y en donde incluso estuve estudiando en mis años mozos, así que ya os podéis imaginar que para mí París es una ciudad tremendamente entrañable, tremendamente evocadora y envolvente, tremendamente querida y, -como para todos- además, tremendamente fascinante y hermosa.
Me encantó volver a patear la ciudad, respirarla y embriagarme por completo de su magia, y así tengo los pies, absolutamente molidos. Lo primero que hice fue ir a Notre-Dame, mi hotel quedaba cerca, luego, noblesse oblige, la Tour (Eiffel, por supuesto) que es la dama indiscutible y seña de identidad de la ciudad. Eiffel estaba en obras pero, aún sus frecuentes reparaciones, no por eso estaba menos majestuosa: una reinona como siempre dominando la ville.
Andurreé de nuevo emocionada por el barrio Latino y Saint Michel -aunque mi preferido siempre fue y sigue siendo Montmartre-, debe ser, que tengo alma bohemia o con tintes de artista. Disfruté del Louvre, especialmente de la escultura, cuya ubicación en los patios me ha encantado, y, me dejé enamorar por los escaparates de Rue Rivoli, Rue du Faubourg, Avenue Montaigne, Place Vendôme y las deliciosas boutiques de
menaje de Saint Germain des Près... aunque pude comprar bien poco, la verdad, porque el único "pero" que puedo ponerle a la ciudad es que es carísima: divina y maravillosa, pero carísima de la muerte.
El jueves por la noche, de vuelta a casa... me esperaba, toda la pasión de Sevilla: la Madrugá. Os diré -para quien no esté familiarizado con la Semana Santa sevillana-, que la Madrugá la forman las procesiones que salen durante la madrugada del jueves al viernes santo y que, bien pudiera decirse que son la esencia de nuestra semana grande de pasión (El Silencio, Gran Poder, Macarena, Calvario, Esperanza de Triana y Los Gitanos).
Ni que deciros tengo que especialmente en la madrugá se vibra intensamente con los Cristos, las Vírgenes, las bandas, las chicotás, el incienso, la cera y toda esa puesta en escena que es en Sevilla sacar una Hermandad a la calle y hacer estación de penitencia. Especialmente concentran la atención de la madrugá el Gran Poder, que es indiscutiblemente el Señor de Sevilla, y de las Esperanzas, la Macarena, que indiscutiblemente también es la Reina de la ciudad.
El Gran Poder es un impresionante Cristo nazareno que va con su cruz a cuestas, claramente hundido, cansado, dolorido... impresiona !!y cuanto!!, sale en un profundísimo silencio, sin música, y conforme va pasando por las calles, se van apagando las luces. Es tal la devoción y respeto en la ciudad por esta imagen imponente, que la multitud guarda un silencio sepulcral a su paso, y nada se oye salvo el arrastre de las alpargatas de los costaleros llevando al Cristo, y el sonido del martillo del capataz, sin apenas instrucciones, porque sus costaleros saben bien que al Señor se le levanta despacito, poco a poco, sin ruidos ni estridencias.
Justo lo contrario de la Macarena, que a cada levantá se va "al cielo con ella", y que a su paso hay un revuelo de "guapa, guapa y guapa"... a mí, me gusta verla con su manto verde de red, el de camaronera, pero en verdad, tiene poderío y tronío esta Virgen con un manto o con otro, y hasta sin manto. Aunque querid@s, en toda esa explosión de emociones, sensaciones y sentimientos de la madrugá, mi particular corazón, no lo puedo evitar, está con Los Gitanos, la última de las Hermandades que procesionan esa mágica noche... el Manué de Los Gitanos (con el que cariñosamente se conoce al Cristo de la Salud) es también un Cristo nazareno que carga una cruz... me gusta verlo por la Encarnación camino de Campana, con sus marchas alegres y aflamencadas y andando despacito al compás de los pasos de sus costaleros... os aseguro que ese Manué, además de andando, respira, os lo aseguro, se le puede oír respirar allí arriba, en su canastilla, mientras nos mira y la banda le toca "una saeta al cantar al Cristo de los Gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar, cantar del pueblo andaluz, que todas las primaveras anda pidiendo escalera para subir a la cruz...
Y os dejo con esta salida del Cristo de los Gitanos, ante una multitud que le va acompañando todo el camino hasta que a la mañana siguiente, con el sol de cara, vuelve a entrar en su templo... ya solo quedan 361 días para que podáis volverlo a ver andando y respirando por las calles de Sevilla.