
....Entre los pros, que había gozado durante años de hombres guapos, educados, dulces, cultos, divertidos, y desde luego profesionales competentísimos, pues la habían hecho gozar, de eso no cabía duda alguna. Y ni que decir tiene que durante todos esos años había sido la envidia de sus amigas, que no acertaban a entender como conseguía aquellos novios extraordinariamente ideales y maravillosos.
Entre los contra, que se acercaba su final, que los lejanos 45 ahora le parecían una cifra extremadamente anoréxica, extremadamente cercana, que, no sabía porqué pero siempre pensó deberían ser al menos a los sesenta y cinco, coincidiendo con la edad de la jubilación... pero en ésto, no tenía ya la cosa remedio: el tiempo jugaba en su contra y los compromisos habían de cumplirse, la secta había cumplido los suyos escrupulosamente, y a ella no le cabía otra cosa, ya no se podía volver atrás y modificar o anular lo acordado.
Y en la cabeza de Marina, continuamente aquellas valoraciones de los contras y los pros, el hice bien, he disfrutado de la vida, o el me equivoqué, porque precisamente disfrutar de la vida es vivirla; al principio, iba ganando terreno la equivocación, pero cada vez que maduraba más y más el asunto, la victoria se decantaba claramente hacía el juramento, porque pese a todo lo que aparejaba éste, incluida la muerte, también suponía vivir intensamente la vida, -limitadamente sí, pero vivirla y disfrutarla al fin y a la postre-... ¿podría decir todo el mundo al morir que había disfrutado de verdad de la vida?, ¿podrían decirlo tanto como ella?.
Por eso, aquella tarde, después de hacer el amor con Rubén, muy serena y absolutamente convencida le dijo:
- Ru, cada quien es dueño de su propia muerte, y llegado el momento, no queda otra que morir en dignidad, sin miedo, sin dolor.
Rubén, la escuchaba perplejo pero asintiendo, intentando comprender y respetando como siempre sus convicciones.
Y Marina, continuó resuelta:
- He decidido que voy a morirme diez días antes de cumplir los cuarenta y cinco, haciendo el amor y con una copa de buen champagne, una buena muerte Ru, quiero ser yo la que ponga el último broche a mi vida. Si he de morirme, que sea como todos estos años, disfrutando.
Desde ese día en que se lo dijera, muchas veces habían hablado los dos del asunto, pero no con desidia ni con angustia, sino como se habla de un suceso que nace de tu voluntad, sin pastorear ojalases ni pesares, una decisión como otra cualquiera: su decisión.
No quería Marina cerrar su vida oyendo los avisos de la organización de haber cumplido con la edad para el óbito sin haberse producido éste, y vivir -sino malvivir- sus últimos días con el sólo pensamiento del cómo, cuando y donde la iban a matar... no, prefería ser ella la que eligiese el momento, el lugar, las circunstancias. Ser ella la que escenificara su salida de este mundo, y que cayera el telón a lo grande.
Por otra parte, justo el hecho de la cercanía de su muerte antes de los fatidicos cuarenta y cinco, no la deprimía en absoluto -como cabría suponer-, sino todo lo contrario, la hacía sentirse más viva que nunca, y desear vivir estos últimos años intensamente, con una vitalidad inusitada, sabiendo como sabía que eran los últimos antes del último, saboreando el día y la tarde y la noche, gozándolo todo, rozando el éxtasis.
Sentía la vida latir en sí misma, en su piel, segundo a segundo, y aunque parecía extraño, como un gran contrasentido o un galimatías existencial, resultaba ser justo aquella andadura inexorable a la muerte la que a su vez la hacía vivir a tope, como jamás nunca, sintiendo todo como nunca, gozando de todo como nunca.
Llegó el día y Marina lo recibió feliz, se arregló con coquetería, sacó del armario el mejor de sus vestidos y sus zapatos de tacón vertiginoso, los de tiras trenzadas color plateado. Resuelta salió a la calle, y en la vinoteca pidió una botella del mejor champagne francés, ni se inmutó cuando la dependienta, al cobrarle, le pidió 290 €, y, con su compra envuelta en una bolsa de tela de vivos colores, se marchó a casa sintiendo el sol en la cara y respirando el aire a bocanadas llenas, como si se le fuera a escapar por invisibles tubos calle abajo.
Cuando llegó a casa, Rubén la estaba esperando sentado en el sofá con un ramo de rosas rojas, tiernas, aterciopeladas, aromáticas. Desgranó las rosas y esparció sus pétalos sobre la cama, con complicidad, y con esa elegancia innata que le caracterizaba, descorchó el champagne y comenzó a desnudarla, como en un delirio le hacía el amor, y Marina Beltrán gozaba y gozaba, con cada beso, con cada caricia, con cada roce... se había tomado su copa y sabía que sería la última vez que haría el amor, la última,... el veneno, ya en su cuerpo, corría directo al corazón.