
Como un día más se había levantado y se había ido a trabajar, en la oficina no le había dado tregua a sus pensamientos ni a su corazón: los informes, las llamadas de teléfono, las reuniones, atender a los clientes, más llamadas de teléfono... el ritmo frenético la ayudaba y hacía que no pudiera pensar en otra cosa que no fuera trabajar, no había espacio ni segundo libre para divagar sobre aquella separación que aún no había superado del todo.
Tenía cuarenta y cuatro años cumplidos cinco meses atrás, y veinte años largos unida a Carlos, su marido, su ex, ahora su ex... aún recordaba más de la cuenta esa tarde de su cumpleaños en la que habían quedado a almorzar y en la que él, cual regalito envenenado le dijo que se marchaba de casa, que no podía continuar más tiempo a su lado, que se había enamorado de otra... aún recordaba esa tarde, todavía no había pasado página, todavía no, aunque sí estaba decidida a hacerlo.
Durante ese tiempo de preguntas sin respuestas, durante esas noches del ¿porqué?, ¿qué he hecho yo?, ¿como?, ¿cuando empezó todo ésto?, durante ese tiempo, siempre había contado con la ayuda de los suyos, sus hermanos, sus padres, su hijo, y Lydia, su amiga del alma, esa amiga a la que basta sólo una mirada para saber como estás, esa que aún en los malos momentos sabe hacerte reír y no permite nunca que te vengas abajo. Ahora, Lydia no hacía más que insistirle en que olvidara ya de una vez, y día tras día, con ese acento suyo envolvente, fascinante, musical, hablando con la boca y con los ojos y con las manos, expresiva, cálida, le repetía "linda, vos tenés que buscarte un novio, tenés que volver a disfrutar la vida, miráte, vos sos bella, sos simpática, sos atrayente, sos perita en dulce. Miráte nena, miráte esa cintura y esas caderas, esas piernas, ese pecho, no podés quedarte más tardes acá sola en la casa, tenés que agarrar un novio, linda, un novio agradable que te lleve de paseo, y a bailar, y al cine, que te haga sentir la pasión. Necesitás un novio nena, ceéme, lo necesitás".
Al final, se había dejado embaucar por Lydia ¿y cómo no?, así que allí estaba, sentada en la salita de aquella agencia de contactos, esperando una cita con un tal Pedro García. Nerviosa, inquieta y acelerada como si tuviera de pronto quince años, allí, comiéndola los nervios por dentro.
La puerta se abrió, como un resorte ella se levantó del sofá, y a la salita entró justo el vivo retrato de George Clooney.
Mil besitos querid@s