
Adoraba tocarse aquella barriguita tersa que ya claramente le respingaba por entre blusas y vestiditos sueltos, sentía como si así, casi pudiera tocar a su niño, su primer hijo, aquel retoño que le nacería por primavera.
Ya sabían que era niño, se lo había dicho con absoluto convencimiento su ginecólogo, y, desde que fue consciente de su embarazo, apenas unos días después del retraso en su regla, toda ella se sintió como la princesa de fresa de un cuento encantado, literalmente feliz hasta la completa saciedad del término... paseaba, comía, dormía, vivía, expandiendo una luz desconocida para ella hasta entonces: dentro de sí misma la vida crecía poco a poco en cada ecografía !que emoción cuando en la pantalla el médico le explicaba la evolución de su niño!, !que maravilla por dios!, !que maravilla!.
Llegó el momento, todo estaba preparado en casa esperando a David... su cuarto precioso con la cuna, el cambiador, el cochecito, el armario lleno con una ropita de ensueño (pijamitas, patucos, gorritos, calcetinillos, pequeñísimos albornoces... todo preparado esperándolo a él), y, poco a poco, empezaron a venir los dolores de parto.
En el hospital, y tras horas de dilatación, le pusieron la epidural para mitigar todos aquellos dolores que lentamente y de forma constante estaban abriendo su cuerpo para dejarle a la vida el tan deseado fruto, y el niño llegó, ella estaba semiinconsciente pero al verlo en los brazos del médico y oír su vocecilla chillona, respiró en un alivio de satisfacción, de ternura, de emoción, de felicidad.
Cuando entornó los ojos, ya en la habitación, vió a su madre y a su marido, y sin detenerse siquiera en ellos, sus ojos se dispararon hacía el nido, a donde debía estar su pequeño David. Lo vió vacío, y agobiada y confusa preguntó ¿donde está el niño?, ¿donde está mi niño?... su madre, se sentó en la cama junto a ella, le cogió la mano y le dijo "tranquila, los médicos le están haciendo unas pruebas".
Pero ella, como si no pudiera socializar la respuesta, como si hubiera perdido la capacidad de razonar, seguía preguntando con más y más ansiedad y angustia: ¿donde está mi niño? ¿y mi niño?, su madre entonces, lo más suave que pudo y supo le respondió: David ha nacido con síndrome de Down. Y ella, sin socializar respuestas, sin capacidad de razonar, seguía preguntando angustiada ¿donde está mi niño? ¿donde está mi David?.
No quería razonamientos ni explicaciones, quería tener a su niño en sus brazos, tocarlo, sentirlo, rozarlo, besarlo... Miró a su madre, y no encontró complicidad, buscó a su marido y lo vió frente a la ventana de la habitación, llorando con la mirada perdida en el horizonte.