jueves, 30 de septiembre de 2010

de como las manzanas son arrastradas al suelo por la ley de la gravedad


Bartolomé Esteban era un ser desgraciado desde que perdió el trabajo, perdió su casa y, como carambola a tres bandas, perdió también a su mujer.
Se llamaba así, con un nombre tan sonoro y grandilocuente en honor a Murillo, el pintor de las Inmaculadas, de idéntico nombre, y aunque familiarmente todos lo conocían por Bartolo, sus íntimos sin embargo lo llamaban Bart, como el Simpson, con el que desde luego y a pesar de que era un dibujito, tenía muchos más pareceres que con el pintor.

Su tiempo, -desde que cerrara la fábrica donde trabajaba él y medio pueblo-, era un impenitente peregrinar desde la taberna a su casa y de su casa a la taberna, unas veces sobrio, otras achispado, otras medio sonámbulo y dando tumbos, y todas, intentando conseguir llenar de alguna manera esas interminables horas del día a día de un parado, de un apestado -como decía él-, porque pensaba, que sin duda debía de expeler algún olor diferente y desagradable el que se levanta y no trabaja, y encima ya ni intenta buscar trabajo, cansado de que amigos, conocidos y familiares se le cambien de acera a su paso por las calles, le vuelvan olvidadizos la cabeza, no le cojan el teléfono, y en general, se hagan los longuis, los suecos, los turcos... sí, era molesto tener un cuñado apestado, un amigo apestado, un vecino apestado, un compañero apestado, y él, era un apestado: el apestado del 3º A... se sentía así, como un apestado, tocado y hundido, sin salida ni esperanza, como esas manzanas que la Ley de la Gravedad inexorablemente las tira a la tierra y se pudren.
En todos sitios era un apestado, lo era incluso en el bar de Pepe, aunque allí, al menos, parecía que no olía tanto, pues la taberna de Pepe era el lugar donde siempre, tarde o temprano, terminaban por aglutinarse todos los apestados como él.

Nunca le interesó la política, pero ahora, con ésta jodida crisis a cuestas, su principal ocupación entre cerveza y cerveza era el despotrique al gobierno local, autonómico y nacional, y detrás del gobierno: los bancos, usureros sin la más mínima misericordia ni compasión... y entre trago y trago, que si el Alcalde dice que nones, que si el Ministro dice que siques, que si el Consejero de Empleo dice que ni nones ni siques, que si la crisis, que si Huelga General, que si reclamemos nuestro derecho al trabajo, y, ¿acaso sabían el alcalde, los ministros, los consejeros, los sindicalistas... lo que es estar parado, jóder?, ¿habían acaso sido alguna vez apestados como él?.

Y entre idas y venidas de su casa al bar y viceversa, venidas e idas que le deshilachaban poco a poco jirones de ánimo y de dignidad, se paraba en seco en la calle y para sí mismo, -como hablan siempre los apestados, solo para sí mismos- pues, ¿a quien va a importar lo que dicen si no importan a nadie?, para sí mismo, soltaba su retahíla:

- ¿Para qué?, ¿huelga mañana para qué?, ¿para qué gritar, para qué seguir?, ¿para qué mañana?, ¿para qué jóder, para qué?... ¿y pasado, y el otro, y el otro?, ¿cuánto tiempo más?, ¿cuánto más, jóder?, !jóder!.

Arrancó el paso, pero el movimiento, curiosamente, le soltó más que nunca boca y lengua, y sólo, calle abajo, más achispado de la cuenta y con algún problemilla para mantener el equilibrio, iba Bartolomé Esteban consigo mismo y su retahíla del para qué y el porqué y cuanto tiempo más. Nadie se detuvo a su paso, nadie parecía verlo ni oírlo, y por supuesto, nadie estaba al tanto de su plegaria.

Cuando llegó a su casa, en vez de buscar como siempre cama y siesta, decidido comenzó una recolecta, una bastante especial: una recolecta de botellas de alcohol... abría armarios y cajones y cogía de aquí y de allá... coñac, brandy, vino, anís... y cuando consideró que la cosecha ya era suficiente, se sentó en su sillón orejero donde le gustaba dormir la mona y las siestas, poniendo delante mismo, en la mesita del salón, todas aquellas botellas recolectadas... blancas, opacas, esbeltas, rechonchas, casi todas medio vacías... y las miró, las miró como quien las mira por primera vez, y junto con la mirada de asombro, una risilla hilarante apareció en su cara, la risilla del que sabe que el corazón se duerme suavemente con un coma etílico. Ceremonioso como en una boda, comenzó a abrir las botellas y a servirse chupitos, y, como en un ritual de altos vuelos, cada trago llevaba aparejado su brindis:

- !Brindo por la puta crisis, jóder!

y alzaba su copa, sin más eco que sus propias palabras que se iban desvaneciendo en el aire denso de las cuatro paredes de su salón.

- !Por el trabajo!... ja,ja,ja,ja... !por la reforma laboral de los cojones!, !por Zapatero!...

Y cada vez los brindis eran más y más variopintos e inesperados:

- !Por la verbena de San Mateo!, !por el camino del puente!, !por la Asun, cachis en la mar!, !por el Rafa!, !por el Migue!, !por...

Tres días después, los vecinos lo encontraron tendido en el suelo, tieso, frío y muerto, pero sonriendo.


Querid@s este relato lo escribí hace días, no lo he modificado, está tal cual lo redacté... pensaba publicarlo al principio de la semana, pero, respetando los sentimientos y convicciones de cada quien, y, puesto que este 29-S estaba convocada una Huelga General, lo he aplazado hasta finalizada la misma. Ya os digo de antemano que carece de intención, y que solo quiere expresar el mundo de un parado, de un parado que está cansado de pedir trabajo, cansado de esperar, cansado de promesas, cansado de la crisis, cansado, muy cansado, y que siente que cada vez va cediendo más y más la rama del manzano, y que le espera la tierra que lo pudrirá.
Mil besitos gordisísimos a tod@s

viernes, 17 de septiembre de 2010

dejame que te cuente


Querid@s, la reincorporación después de las vacaciones me ha sido costosa, (!que deciros!, cuesta seguir el ritmo frenético de los demás compañeros de la oficina que ya llevan diecisiete días de trabajo tras sus vacaciones de agosto, y cuesta coger la rutina de la vuelta al cole de los hijos y de sus horarios), por otra parte, el tomar las vacaciones partidas me ha permitido este año, saborear septiembre, en donde todavía hace buen tiempo, aún los días son largos y, donde viajar es dulce porque no vas atropelladamente, ya sabéis, es la simple relación de oferta y demanda... -sigue la oferta, pero hay muchísima menos demanda, por lo que mejora desde el precio hasta el servicio-. Así pues, decididamente he de deciros que me ha gustao veranear en septiembre, el único "pero" (si es que puede ponerse algún perillo), es lo que os comentaba antes, que es un pelín más costoso coger el ritmo a la vuelta, pues todos los demás están reincorporados y tú no, y claro, corre que te pillo a to meter... pero se supera, claro que sí. Ya practicamente integrada, os dejo este relato que espero que os guste y, me pondré en contacto con vosotr@s que, de ésto último tengo un monazo que ni pa qué.

Soledad Gamboa tenía un nosequé en la mirada que la hacía especial, diferente, y que como la cara y la cruz de una misma moneda, atraía tanto como te provocaba un repelús de frío gélido que te desarmaba por dentro y te recorría el cuerpo de arriba a abajo.
Su mirada, las más de las veces era una mirada ausente, no obstante otras, se terciaba inquietante, heladora e incluso terrorífica.

Los más viejos del lugar relataban de higos a brevas, nunca prodigándose demasiado, del sino desgraciado de las Gamboa.
Los jóvenes, sin embargo, o bien no creían en tales zarandajas, o bien pasaban de comprender algo absolutamente fuera de toda lógica.
Pero lo cierto y verdad es que algunas de las mujeres Gamboa no parecían ser como las demás, ni como las demás del pueblo, ni como las demás de este mundo: de belleza racial desde la cuna, apenas desarrollaban se convertían en hembras voluptuosas, de pechos grandes y firmes, caderas bien plantás, talle fino, labios frondosos y embriagadores y un contoneo sinuoso al andar que para toda criatura, ya fuera hombre o mujer, era imposible no seguir con la mirada y hasta incluso salir detrás de ellas cual si succionados por imanes poderosos.

Indudablemente -y esto estaba fuera de toda duda- algunas Gamboa, no todas, eran diferentes. Por eso, cada vez que alguna de ellas estaba encinta, un rumor se extendía de inmediato por el pueblo recorriéndolo de punta a punta, casa a casa, generando ansiedad y estupor, y haciendo vivir al pueblo entero pendiente de un hilo hasta el alumbramiento; ni que decir tiene que nadie jamás ponía su mano en la tripa de una Gamboa durante la preñez de ésta, como era costumbre hacer con las demás embarazadas del pueblo: esa mano en el vientre, simbolizaba calor y acogida a la nueva criatura que se gestaba, así como deseo de buen parto a la madre que habría de traerla al mundo.
Con las Gamboa sin embargo, se quebraba la costumbre, nadie se atrevía a ponerles la mano en la barriga no fuera a venirle alguna calamidad, porque la criatura de dentro fuera una de esas Gamboa diferentes. Ellas, que por supuesto lo sabían, tampoco acostumbraban a salir de su casa durante los meses de preñez, para evitar el estupor y aquellas miradas mitad esquivas mitad inquisitoriales de la gente.

La inquietud generalizada aumentaba según se acercaba la fecha del alumbramiento. Si finalmente nacía un varón, se le imponía el nombre del padre, o del abuelo, o del tío, o de algún familiar más o menos lejano; pero si era niña, la criatura nacida quedaba un año sin nombre y bajo la tutela de la matriarca del clan, que había de observar si aquella niña era o no especial y, en consecuencia, imponerle el nombre que le correspondiese -nunca igual al de su madre o su abuela o ninguna otra mujer Gamboa-, siempre, un nombre diferente.
Por eso, cuando Soledad Gamboa nació no tenía nombre, no lo tuvo hasta un año más tarde, no lo tuvo hasta que Aralia Gamboa, su bisabuela y vieja matriarca, reunió a la familia, la cogió en brazos, y mirándola a los ojos, dijo para todos: esta es Soledad Gamboa.
Solo entonces se supo como se llamaba, y solo entonces supieron que era una Gamboa de las diferentes, una Gamboa especial... pues, si durante ese año transcurrido bajo tutela de la bisabuela Aralia, ésta no hubiera apreciado ninguna cualidad especial en su onceava biznieta, Soledad no se hubiera llamado Soledad Gamboa, sino Soledad Martín Gamboa, pues solo las Gamboa especiales prescindían del apellido paterno y no ostentaban otro apellido que el del clan: Gamboa.

Y la niña Soledad fue creciendo, con una mirada especial, una mirada dulce y amarga que era capaz de desatar en los demás hechos verdaderamente inauditos. Así sucedía desde chica, cuando alguien -animal o persona- la trataba mal, ella lo miraba fijamente, sus ojos se encendían, y el desafortunado/a, jamás volvía a pronunciar palabra... de nada valía que acudiese al médico, pues ni el más afamado otorrino tras examinar al menesteroso, alcanzaba a entender porqué el paciente no hablaba, ni qué cosa podía suceder en su garganta y cuerdas vocales -en perfecto estado-, para no emitir sonido alguno, por lo que, no tenía otro diagnóstico que el de pura testarudez, simple deseo de quedarse mudo transitoriamente.
Mas la transitoriedad diagnosticada jamás cedía ni el interfecto jamás recuperaba su voz, por más médicos que visitase, más remedios que atendiese, más plegarias que rezase, o más gestos de súplicas que le hiciera a las Gamboa.

Todos en el pueblo conocían el rumor, era un secreto a voces que la mirada de Soledad Gamboa podía dejarte mudo para siempre, pero ésto, no detuvo a Gregorio Olalla que, desde hacía meses babeaba por ella, y su mirada de deseo insolente se clavaba en Soledad nada más poner los pies fuera del portalón de su casa.

Aquella tarde, a la salida del instituto Soledad lo vió como tantos días apoyado sobre el árbol grande de la plaza, espetándola babeante a que saliera y cogiera rumbo de regreso a su casa.
Gregorio Olalla, esa tarde la persiguió calle abajo con la mirada, y una vez Soledad hubo pasado la plaza, salió corriendo para apostarla de frente a la entrada del parque. Ella, al verlo de nuevo le apartó de su camino con decisión:

- déjame Gregorio, que yo no soy para tí, vete a tu casa.

pero él, loco de rabia por el rechazo y por el deseo, la agarró con furia por la espalda, y comenzó a frotar con frenesí su sexo contra el culo respingón de Soledad Gamboa. Enseguida notó el pulso acelerado, el acaloramiento... le sobraba la ropa... necesitaba carne, se desabrochó el vaquero para hacer lo mismo con los vaqueros de Soledad, pero en la maniobra, ella se giró, le clavó la mirada y Gregorio Olalla, petrificado, con los pantalones caídos y el pene aún erguido, dejó de hablar para siempre.

jueves, 26 de agosto de 2010

y yo me iré...



Al llegar a la casa de la playa y abrir la puerta del dormitorio para acceder a la terraza, mis hijas, descubrieron con tristeza y también con esperanza -cual inequívoca sensación agridulce, la muerte y la vida a un tiempo-, pues en el suelo de la terraza yacían dos pequeños pajarillos caídos del nido, y es que, en los salientes del tejado de la terraza, entre las tejas, anidan desde siempre los gorriones.

Junto a sus hermanos muertos había un tercero que permanecía vivo, pero que al ser aún pequeño, no sabía volar y le era imposible ascender al tejado, con los suyos, por lo que estaba atrapado en la terraza que actuaba cual enorme jaula al aire libre.

Recogimos los pequeños cadáveres y, al gorrioncillo superviviente, con sumo cuidado y cariño mis hijas le dieron de comer y beber, le compraron con sus ahorros una bonita jaula de color blanco y, estaban dispuestas a responsabilizarse de él, de atenderlo y criarlo: !la vida, hace asomar en simples pequeños gestos, instintos maternales!.

Ya más recuperado el gorrioncillo, comido y bebido y en casa nueva aún con barrotes, observaron las niñas que también en los animales el instinto maternal es poderoso, pues la madre del pequeño huésped de la jaula, cuando la terraza estaba sola, venía a traerle comida que le daba a través de los barrotillos.

Responsablemente decidieron las niñas sacar al pajarillo de la jaula, y dejarlo en el suelo de la terraza para que su madre le pudiese dar de comer más cómodamente, era evidente que ella ostentaba más derechos que nadie frente a la cría... y la madre, venía una y otra vez a darle de comer a su pajarillo, constantemente, sin descanso.
Y cada vez el pequeño gorrión daba voladitas más y más altas, más y más largas... pasados unos días, la terraza se quedó sola -como el Fonseca y la Universidad de la famosa canción de la tuna-, el pequeño gorrión había aprendido a volar y se había vuelto a su lugar, con los suyos.

El amor y la vida desafían cada momento al devenir, !ya lo creo!.
La vida sigue, continúa, siempre continúa, y yo, me acordé entonces de aquel hermosísimo poema de Juan Ramón Jiménez:

Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando
y se quedará mi huerto, con su verde árbol
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron,
y el pueblo se hará nuevo cada año,
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico...

Y yo me iré, y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde,
sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...

y se quedarán los pájaros cantando.


miércoles, 4 de agosto de 2010

bonnes vacances!


Me llegaron por fin las vacaciones... y, supercontenta como estoy me atrevo hasta a dejaros un haikus:

Mientras hablamos
fluye sin detenerse el tiempo,
aprovecha el día.


Os deseo a
tod@s bonnes vacances...lo más de lo más, que sean sin duda las mejores de vuestra vida: !Disfrutad a tope de las vacaciones, aprovechadlas al máximo y, hasta la vuelta!!!


miércoles, 21 de julio de 2010

el juramento de Marina Beltrán (continuación)

....Entre los pros, que había gozado durante años de hombres guapos, educados, dulces, cultos, divertidos, y desde luego profesionales competentísimos, pues la habían hecho gozar, de eso no cabía duda alguna. Y ni que decir tiene que durante todos esos años había sido la envidia de sus amigas, que no acertaban a entender como conseguía aquellos novios extraordinariamente ideales y maravillosos.

Entre los contra, que se acercaba su final, que los lejanos 45 ahora le parecían una cifra extremadamente anoréxica, extremadamente cercana, que, no sabía porqué pero siempre pensó deberían ser al menos a los sesenta y cinco, coincidiendo con la edad de la jubilación... pero en ésto, no tenía ya la cosa remedio: el tiempo jugaba en su contra y los compromisos habían de cumplirse, la secta había cumplido los suyos escrupulosamente, y a ella no le cabía otra cosa, ya no se podía volver atrás y modificar o anular lo acordado.
Y en la cabeza de Marina, continuamente aquellas valoraciones de los contras y los pros, el hice bien, he disfrutado de la vida, o el me equivoqué, porque precisamente disfrutar de la vida es vivirla; al principio, iba ganando terreno la equivocación, pero cada vez que maduraba más y más el asunto, la victoria se decantaba claramente hacía el juramento, porque pese a todo lo que aparejaba éste, incluida la muerte, también suponía vivir intensamente la vida, -limitadamente sí, pero vivirla y disfrutarla al fin y a la postre-... ¿podría decir todo el mundo al morir que había disfrutado de verdad de la vida?, ¿podrían decirlo tanto como ella?.
Por eso, aquella tarde, después de hacer el amor con Rubén, muy serena y absolutamente convencida le dijo:


- Ru, cada quien es dueño de su propia muerte, y llegado el momento, no queda otra que morir en dignidad, sin miedo, sin dolor.


Rubén, la escuchaba perplejo pero asintiendo, intentando comprender y respetando como siempre sus convicciones.


Y Marina, continuó resuelta:


- He decidido que voy a morirme diez días antes de cumplir los cuarenta y cinco, haciendo el amor y con una copa de buen champagne, una buena muerte Ru, quiero ser yo la que ponga el último broche a mi vida. Si he de morirme, que sea como todos estos años, disfrutando.


Desde ese día en que se lo dijera, muchas veces habían hablado los dos del asunto, pero no con desidia ni con angustia, sino como se habla de un suceso que nace de tu voluntad, sin pastorear ojalases ni pesares, una decisión como otra cualquiera: su decisión.
No quería Marina cerrar su vida oyendo los avisos de la organización de haber cumplido con la edad para el óbito sin haberse producido éste, y vivir -sino malvivir- sus últimos días con el sólo pensamiento del cómo, cuando y donde la iban a matar... no, prefería ser ella la que eligiese el momento, el lugar, las circunstancias. Ser ella la que escenificara su salida de este mundo, y que cayera el telón a lo grande.

Por otra parte, justo el hecho de la cercanía de su muerte antes de los fatidicos cuarenta y cinco, no la deprimía en absoluto -como cabría suponer-, sino todo lo contrario, la hacía sentirse más viva que nunca, y desear vivir estos últimos años intensamente, con una vitalidad inusitada, sabiendo como sabía que eran los últimos antes del último, saboreando el día y la tarde y la noche, gozándolo todo, rozando el éxtasis.
Sentía la vida latir en sí misma, en su piel, segundo a segundo, y aunque parecía extraño, como un gran contrasentido o un galimatías existencial, resultaba ser justo aquella andadura inexorable a la muerte la que a su vez la hacía vivir a tope, como jamás nunca, sintiendo todo como nunca, gozando de todo como nunca.

Llegó el día y Marina lo recibió feliz, se arregló con coquetería, sacó del armario el mejor de sus vestidos y sus zapatos de tacón vertiginoso, los de tiras trenzadas color plateado. Resuelta salió a la calle, y en la vinoteca pidió una botella del mejor champagne francés, ni se inmutó cuando la dependienta, al cobrarle, le pidió 290 €, y, con su compra envuelta en una bolsa de tela de vivos colores, se marchó a casa sintiendo el sol en la cara y respirando el aire a bocanadas llenas, como si se le fuera a escapar por invisibles tubos calle abajo.

Cuando llegó a casa, Rubén la estaba esperando sentado en el sofá con un ramo de rosas rojas, tiernas, aterciopeladas, aromáticas. Desgranó las rosas y esparció sus pétalos sobre la cama, con complicidad, y con esa elegancia innata que le caracterizaba, descorchó el champagne y comenzó a desnudarla, como en un delirio le hacía el amor, y Marina Beltrán gozaba y gozaba, con cada beso, con cada caricia, con cada roce... se había tomado su copa y sabía que sería la última vez que haría el amor, la última,... el veneno, ya en su cuerpo, corría directo al corazón.

miércoles, 14 de julio de 2010

el juramento de Marina Beltrán


Mirando el almanaque Marina se dió cuenta de que dentro de apenas un año cumpliría los cuarenta y cuatro y que, por consiguiente, solo faltaban escasos dos para su muerte, como marcaban las rígidas normas de la secta en la que militaba y, como ella misma había jurado solemnemente el día de su ingreso: moriría justo al cumplir los cuarenta y cinco.
Solo entonces fue verdaderamente consciente de su tragedia, y un frío le sacudió el cuerpo zarandeandola de arriba a abajo in misericorde, pues, la acuciante realidad de que el tiempo jugaba ya en su contra porque ella misma así lo había decidido, invadió por completo su mente de un pánico escénico que apenas la dejaba respirar.
Recordó de inmediato, como si lo viviera en ese instante, aquella tarde en la que decidió ingresar en "las diosas de la luna llena", secta de la que nunca había oído hablar hasta entonces, y que llegó a sus oídos a través de la amiga de una amiga de su amiga, también desengañada como ella.
La secta, reunía a mujeres que, renegando de todo tipo de compromisos, buscaban a un hombre con el que vivir por el mero placer de sus cuerpos, huir de la soledad, y el siempre placentero goce del sexo.

Marina, durante mucho tiempo había estado -como todas- buscando a su príncipe azul, pero sus pretendidos principitos, siempre habían terminado en ranas sin opción de beso redentor de por medio, y así, cansada de fracasos amorosos, cansada de arrastrar cicatrices cada vez más marcadas en el corazón y en su piel misma, la salida de ingresar en la secta no le pareció por entonces, francamente, una mala elección: allí encontraría a un hombre con el que compartir cama y caricias, con el que llenar sus tiempos tras el trabajo y mitigar esa soledad cada vez más aplastante; si la cosa no funcionaba, adiós muy buenas y al siguiente de la lista, la secta en ésto, funcionaba como una entidad comercial que mira por la óptima rentabilidad del negocio... ella, solo tenía que entregarse al gozo, a la compañía, al sexo, sin tener que formalizar relación alguna con los hombres que eligiera de los de la lista, y pudiendo cambiar de pareja cada vez que quisiera, sin más procedimiento que una llamada de teléfono, una breve explicación y el nombre del nuevo elegido. Pero, como toda secta, exigía sus condiciones que debían ser juradas y cumplidas al pie de la letra en el momento del ingreso.

Entre estas condiciones estaba la de que, necesariamente, había de morirse antes de cumplir los cuarenta y cinco o el día mismo del fatal cumpleaños, bien a mano de una misma, o bien a manos de la propia secta, en el momento y lugar que ellos estimasen oportuno y por supuesto, sin ningún previo aviso a la futura finada. Era también requisito que todos los bienes de la difunta fuesen heredados por la organización, para lo cual, las ingresantes debían formalizar las correspondientes escrituras públicas. E igualmente, se exigía como condición previa al ingreso la ligadura de trompas, pues de haber tenido hijos las diosas de la luna llena, éstos primarían en los derechos sucesorios frente a la organización, lo que obviamente, minoraría la rentabilidad del negocio. Y Marina Beltrán, un diecinueve de mayo con luna llena y treinta y tres años, juró, escrituró, y se ligó las trompas.

A Marina esa cifra (los 45), se le antojó lejana en el momento del ingreso -acababa de cumplir los treinta y tres-, y aquellos rotundos cuarenta y cinco eran cantos de sirenas en mares lejanísimos. Ahora, acercándose cada vez más a la negrura de ese escenario, el balance de pros y contras se le imponía del todo necesario e inminente, pese a la macabridad, ella, necesitaba de ese análisis de pros y contras, y más que nada en el mundo, necesitaba desesperadamente que en el análisis ganaran los pros, pues solo en esa victoria tendría sentido el juramento que determinaba su vida y su muerte, su acierto o su rotunda equivocación.

Entre los pros, estaba el haber gozado durante años de hombres guapos, educados, dulces, cultos, divertidos, y desde luego profesionales competentísimos pues todos la habían hecho gozar, de eso no cabía duda alguna. Y, ni que decir tiene que durante todos esos años había sido la envidia de sus amigas, que no acertaban a entender como conseguía aquellos novios extraordinariamente ideales y maravillosos......


Querid@s, continuará en la siguiente entrada



miércoles, 16 de junio de 2010

la abuela Teresa (continuación)


Volví a abrazarla cerrando los ojos, y para cuando los abrí, mi abuela ya no estaba. Miré a todos lados, salí a la cocina, al pasillo, entré en el cuarto de baño, atravesé el salón... pero no la encontraba. Me dirigí a su dormitorio y al entrar, me encontré a mi madre sentada en la cama, hundida, llorando sin consuelo mientras abrazaba aquel vestido de lunares celestes y turquesas de mi abuela... ese que le gustaba ponerse a la abuela para ocasiones especiales.
Recuerdo que nunca ví a mamá más hundida ni más pequeña, dolía verla llorar acurrucada en sí misma y abrazada al vestido... un sentimiento de ternura, o de consuelo, o de piedad, o de todo junto me invadió, me puse de rodillas cerquita de ella y sin decirle nada, la abracé, justo entonces, me dí cuenta que la abuela estaba detrás de mamá, sentada a su lado en la cama.

- Mamá, la abuela está aquí,

le dije mirando a donde estaba mi abuela, dándole claramente a entender que sólo tenía que girarse y mirar hacía atrás, pero mi madre, no paraba de llorar, tenía los ojos rojos, la cara congestionada y una mirada ausente, opaca, perdida.

- Mamá, que la abuela está aquí, con nosotras

insistí yo, pero mi madre, me cogió la cabeza con las manos y me besó en la frente... comprendí entonces, que ella no la veía, que no podía verla.
No insistí más, me levanté del suelo, le cogí el vestido de mi abuela y lo volví a colocar otra vez en el armario, me senté a su lado, enganchandome a su brazo como cuando vamos las dos andando juntas por la calle y, sin saber cómo, le dije todas aquellas palabras que, más que mías, parecían salidas de la boca del mismísimo Platón, de Sócrates, de Heráclito, de Anaxímenes... de cualquiera de aquellos filósofos griegos que yo tenía que estudiar en Filosofía y cuyas teorías tanto me costaban aprender.
No sé si fue por el efecto que mis palabras causaron en ella, o en mí misma -puesto que yo no salía de mi asombro-, pero lo cierto es que mi madre dejó de llorar, se recompuso como pudo, y a bocajarro me soltó decidida:

- Inés, voy a la cocina a preparar la merienda.

Salió del dormitorio, en la habitación nos quedamos la abuela y yo, mirándonos las dos, la una frente a la otra, y fue en aquel preciso instante en el que decidí que tenía que escribir la historia de mi abuela. Una historia, que comenzaba un veintisiete de febrero de mil novecientos treinta y siete, cuando en el nº 4 de la calle Alhóndiga, una casa del barrio de Santa Catalina, en Sevilla, ella vino al mundo, y que curiosamente, no podía acabar el catorce de mayo de dos mil diez, -día en que mataron a la abuela-, puesto que era evidente que la historia que yo tenía que contar, abarcaba muchísimo más que su vida misma.
Presta, cogí papel y boli y le dije a mi abuela:

- Abue, ya sabes que antes de morirse hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Te faltaba lo de enmedio, abuela, pero no te preocupes, eso lo vamos a solucionar ahora mismo: he decidido que escribamos tu historia, y ya tengo el título "LA ABUELA TERESA".


Algunas veces, me habeis dicho si tal o cual relato va a tener continuación, os diré que éste si lo voy a continuar, pero, en vez de un relato breve -como los que hasta ahora he escrito-, haré un cuento, algo más largo... un cuento en donde imaginaré la vida de una mujer que nace siete meses después del comienzo de la guerra civil, que vive los años de la postguerra, que no puede estudiar y se casa, que en su matrimonio es lo del todo feliz que le dejan los tiempos y las circunstancias, que en su madurez se involucra en la ayuda a mujeres maltratadas, y que muere en extrañas circunstancias... y todo eso contado por su nieta Inés, que tiene dieciseis años, es una adolescente como cualquier otra de su edad, pero que puede ver a su abuela muerta, hablar con ella, abrazarla, reir con ella, tocarla... porque Teresa, muerta y todo, ha decidido quedarse en este mundo durante un tiempo... Va a ser mi primera historia larga, es la "tarea" que voy a asignarme para el verano, !a ver cómo me sale!