domingo, 19 de febrero de 2012

armas y redes (continuación)



Nos quedamos en que a Eva Martos, una periodista que salió de la universidad para comerse el mundo y con la intención de abrirse un hueco en la profesión, no le iba demasiado bien en su trabajo monótono, repetitivo y sin perspectivas en la emisora de radio local; para colmo, su mente, comenzó a darle todo tipo de quejas ante futuro tan gris... sin poder dormir, se levantó de la cama y, viendo una revista, de pronto, se le encendió la luz cuando vió en portada a Anastasio Onieva, el exitoso dueño de la cadena de tiendas Zheta. 

Las  imágenes gráficas no le hacían justicia, era cierto, pero de todas formas, dejaban entrever un hombre sino atractivo, sí interesante... ipso facto, Eva cogió el portátil, se acomodó en el sofá, y comenzó a buscar información de Anastasio Onieva y de Zheta. Por la mañana, antes de irse para la emisora, ya tenía recopilada toda la intendencia que necesitaba su plan, así que sólo restaba estructurarlo bien, visualizarlo, y materializarlo de forma precisa y profesional.
Sobre las once, llamó por teléfono al grupo Zheta pidiendo una entrevista con el Sr. Onieva, justificándola, en la demanda en los medios de ejemplos de empresarios exitosos, frente a una sociedad en brutal crisis económica. Dejó su nombre, su identificación, y la credencial de su emisora, a la que no dudó un instante en usar de tapadera.
Toda la semana estuvo nerviosa y expectante a la mordedura de anzuelo por parte de Zheta, y concretamente, de Anastasio Onieva; finalmente, transcurridos ocho días desde el envite, un periodista del Gabinete de Comunicación del empresario la llamó, hablaron  durante media hora larga sobre los pormenores de la entrevista hasta llegar a un acuerdo, cosa, que francamente no le fue difícil, porque entre compañeros, ya se sabe, es fluida la avenencia. Todo quedó cerrado para el miércoles 23 de marzo: ella, se encargaría de entrevistar a Onieva distendidamente en una cena de trabajo, y él, le mandaría varias fotos oficiales con las que ilustrar el reportaje. 
Mientras Eva preparaba todo este zanfarrancho de combate, sorprendentemente, su parlanchina mente enmudeció, y de la misma manera que la descolocó cuando se puso a hablarle y a darle quejas sin parar, la descolocaba ahora tanto silencio, pero caramba, aquella mudez repentina era ciertamente de agradecer.
Llegó en día D, Eva, había visualizado suficientes veces el encuentro, y madurado detenidamente cada detalle... preparada a lo Letizia (taconazos estilosos y bien altos, traje pantalón ajustado color marfil, pelo suelto sedoso, brillante y modelado, y mirada vivaz transmitiendo control, profesionalidad y sobrada personalidad), llegó al restaurante exactamente cinco minutos después del entrevistado.
En todo momento en la cena Eva estuvo extraatenta, extraamable, y derrochando encanto por doquier... estuvieron hablando de ésto y de aquello, de lo divino y lo humano, de lo profesional y lo personal, de todo un poco. Ella, se aseguró sobremanera de dejarle clara su admiración como empresario y cómo hombre hecho a sí mismo, se aseguró sobremanera de sonreirle con feminidad, de posicionarse en que no iban con ella los convencionalismos sociales, !qué tontería!, pero sobretodo y muy especialmente, se aseguró de que él supiera que no usaba ropa interior.
Dejados con claridad todos los mensajes, Eva se levantó de la mesa dispuesta a salir del restaurante... entonces la oyó de nuevo, ahí estaba su mente, cual César, pronunciando distinguida un alea iacta est, y tras la frase y puesto que efectivamente la suerte estaba echada, volvió al silencio y a la mudez.  El silencio, sólo se rasgaba en los pasos de Onieva que la seguían... los pasos, y su respiración.


Os dejo este vídeo, no tiene nada que ver ¿o sí?... !jajajaja, no mosqueéis a las ranas!
Mil besitos a tod@s


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martes, 14 de febrero de 2012

armas y redes



Cuando Eva Martos puso por primera vez los pies en la Facultad de Periodismo, sintió algo muy especial que no podía definir, no le temblaban las rodillas de la emoción, ni le faltaba el aire, ni le palpitaba el corazón, pero era sin duda un sentimiento extraño y diferente a todo, algo así como una rara mezcla de emoción, de sueño realizado, y de vis atractiva por ese lugar que siempre había estado entre sus anhelos más profundos... y allí estaba al fin, en la universidad, en su primer día de clase, con su mochila al hombro y una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja, abriendo los ojos como abanicos, ávidos por encontrar las aulas de primero.
Siempre recordaría ese día y esas sensaciones inexplicables, y lo curioso del asunto, es que después de transcurridos tantos años desde aquel primer día de clase, ella seguía sin explicarse cómo se mantenían vivos en su memoria aquellos sentimientos y sensaciones, que, mirados de frente y objetivamente, en absoluto eran para tanto.
Los años universitarios pasaron volando; cada octubre, de nuevo en la facultad para comenzar el curso siguiente, segura de que se estaba preparando para ser periodista, una buena periodista, una gran periodista.
Segura, del papel y de la importancia que la comunicación jugaban en la vida y en la sociedad: el cuarto poder, como afirmaba con rotundidad y vehemencia, el poder que se le olvidó a Montesquieu en su famosa teoría de la división de poderes, !pobre!, llegó a pensar de él en algún que otro momento de exaltación... si Montesquieu levantara la cabeza hoy día, se tiraría de los pelos de no haber reparado en la prensa, al traste toda su teoría, !pobre!.  
Terminada la carrera y con unas excelentes notas que la avalaban, salió de la facultad dispuesta a comerse el mundo, pletóricos los ánimos por hacerse un hueco dentro de la profesión. 
Periódico a periódico, y medio a medio, Eva Martos fue pidiendo una oportunidad, impertérrita, con su título y notas en ristre, y una impecable sonrisa al más puro estilo profident, pedía y pedía trabajo de periodista, pero !nada!, no había nada, nunca había nada.
Los días y los meses iban minando sus ánimos, su ímpetu y su voluntad, y, cuando ya estaba a punto de tirar la toalla: eh voilà!, llegó su tan ansiada oportunidad en una cadena de radio local.
Al principio, aquel trabajo mal retribuido y de jornadas kilométricas, le parecía sencillamente gloria bendita: era su primer trabajo, sus primeros salarios... y aunque no llegaba ni a la categoría de mileurista, le habían permitido independizarse de sus padres; eso sí, en un pisito pequeño y destartalado, de un barrio modesto alejado de cualquier parte; pero Eva, comenzaba su vida autónomamente, y, esa aventura, desde luego bien valía sacrificios.
Tres años llevaba ya en aquel cuchitril, y en aquella emisora,  haciendo las mismas cosas, y sin más horizonte que la pesarosa reiteración, cuando oyó por primera vez a su mente quejarse, hablarle, decirle que estaba harta, que no tenía porvenir... nunca antes su propia mente le había protestado y ni mucho menos hablado, pero ahora, era un continuo runrún de dimes y diretes y quejas y más quejas. No sabía cómo parar aquello, y lo peor del asunto, era consciente de que aquella mente suya que le hablaba y hablaba, tenía razón... toda la razón, ¿cómo no iba a tenerla, mirando la vida que tenía y lo que le rodeaba?.
Se sentía saturada, el tema la desbordaba, y sin saber qué hacer, pues por mucha razón que tuviera aquella parlante mente suya, tampoco era cosa de contárselo a nadie, a ver, cómo explicarle a cualquiera que su mente le decía cosas, sin que la tomaran por chiflada a la primera de cambio, !vamos por Dios, era ya lo que le faltaba!!!. Sin embargo, a su apatía por la vida y el trabajo, se sumaba ahora la falta de sueño, pues esa mente torturadora no la dejaba descansar.
Sin poder dormir, y venga a oirla, y, pese a querer evadirse, acurrucarse en la cama y olvidarse del mundo, no le quedó otra que levantarse: !imposible -para su desgracia-, no escuchar aquel quejío constante de su mente!.
Fuera de la cama, medio catatónica y sin saber llenar en absoluto horas tan intespestivas, se sentó en su sofá como una autómata y comenzó a ojear la revista que yacía en la mesita, junto al teléfono. De pronto, lo vió, y todo comenzó a aclararsele en la cabeza. Allí, en portada, estaba Anastasio Onieva, el exitoso dueño de Zheta, inaugurando una de sus tiendas.


Continuará... en unos días, cuelgo el desenlace de la historia.
Mil besitos gordotes, y feliz sanvalentín


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sábado, 4 de febrero de 2012

cáncer




Cuando me miro al espejo
ya no veo mi vivo retrato,
y no me reconozco:
¿dónde está aquella
mujer que fuí?.
Lo sé,
sé que el mundo
no es justo,
y que todos buscamos
un puerto, un cielo abierto
lejos del dolor.
!Cómo deseo
ver crecer mi pelo!,
y el color
 en mis mejillas,
y reír a carcajadas,
y volver a enamorarme
del Quijote, del capitán Acab,
de Ana Karenina, o
Margarita Gautier...
Y lucho,
lucho porque deseo
mirarme al espejo,
y verme a mí,
y hablarme,
y sentir de nuevo
la primavera.

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... el cáncer está con nosotros, tenga o no tenga día declarado, está con nosotros, cruel, canalla y traidor, pero sin el poder de amilanarnos, por eso tenemos que plantarle cara, porque siempre, absolutamente siempre, más allá de la dureza y todo el horror de la enfermedad, siempre también está la meta: la victoria.