domingo, 28 de febrero de 2010

necesito un hermano


Necesitaba un hermano, no era una cosa difícil de entender -pensaba él-, pero se lo había dicho tropecientasmil veces a su madre y ella siempre le contestaba con evasivas.
Necesitaba un hermano, lo tenía clarísimo, lo necesitaba más que la wii y más que los nuevos juegos de la Nintendo... ya estaba harto de evasivas, y ni que decir tiene que estaba muchísimo más harto aún de esperar y esperar, así que un día, mientras trasteaba con el juego de Harry Potter, le soltó a su padre a bocajarro:
- Papá ¿tú haces el amor con mamá?
su padre, levantó la vista del periódico y le miró perplejo, tal como si hubiera visto a un extraterrestre, y, al cabo de un rato, le contestó asertivo pero con algo de sonrojo un lacónico "sí, claro".
Aquel sí le supo a gloria, y le alivió momentaneamente la angustia que llevaba a cuestas, porque él necesitaba un hermano, ya está, sólo eso !caray!, un hermano... así que antes de terminar con el juego de la Nintendo, y para asegurarse, volvió a la carga:
- Papá ¿tu eyaculas a mamá?
su padre, atónito, esta vez buscó la mirada cómplice de su madre y ambos, con caritas de circunspectos, sin contestar a su pregunta, empezaron titubeantes a darle explicaciones de no se qué de unas semillas y una flor, algo que desde luego no le interesaba para nada, él, sólo necesitaba un hermano, sólo eso, un hermano, ... y es que, era aburridísimo chutar sin tener a nadie en la portería.

Mil besitos querid@s. Feliz día de Andalucía

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domingo, 21 de febrero de 2010

desde la ventana

En su terraza, dos sillas blancas de enea y un macetero enorme lleno de buganvillas rojas que salpicaban de vida y de alegría el fondo azul de la pared, y se esparcían caprichosas en pétalos lánguidos por el suelo. A Inés le gustaba salir a esa terraza y sentarse mirando al mar, le gustaba mecerse en la silla a modo de mecedora infantil, y sentir el ritmo de un forzado balanceo de delante hacía atrás y de nuevo de detrás hacía adelante, que era lo más parecido que recordaba a volver a su mundo de niña, cuando se acurrucaba en los brazos de su madre y ésta la besaba y la mecía y le cantaba cancioncillas antiguas, heredadas en mecidas y mecidas de abuelas a madres y de madres a hijas.

Miraba al mar meciéndose y sintiendo la brisa cálida de la tarde, el griterío a lo lejos de los niños en la playa, y de cuando en cuando, el vuelo de gaviotas buscando alimento al atardecer. Así, con cada balanceo, examinaba a veces su vida, mientras inevitablemente miraba de reojo aquella otra silla vacía que, junto a la suya, eran indiscutiblemente las reinas de la terraza.

Durante años había anhelado que esa silla tuviera dueño, que coqueteara mimosa junto a la suya, pero los hombres habían pasado a su lado sin detenerse y ella no había conocido a ninguno a quien detener, así que aquella silla vacía ganaba solidez de la misma manera que mermaban sus probabilidades de encontrar pareja, cosa que, con el paso de los años, -!quien lo hubiera dicho!-, empezaba un poco a traerle sin cuidado. Ahora, en la madurez de los cincuenta, su mundo parecía que empezaba a llenarse de otras preguntas, de otras diferentes a aquella tan reiterada del ¿qué hacer con el amor que se queda sin dueño?.

No sabía explicarlo, no sabía ni como ni porqué, pero lo cierto es que sentía que la inundaban nuevos sentimientos, y hasta vivía de otra manera sus sueños... serena, plena, intensa, como ese horizonte azul enmarcado desde su terraza que acompañaba una puesta de sol espléndida, un paisaje, que la fascinaba y la envolvía en luz y en paz, un paisaje alucinante pese a verlo a diario, y que sin embargo, le producía sensaciones diferentes cada vez, cada momento, vibraciones que la sorprendían y la maravillaban como algo mágico, como si de un cuento de Tolkien se tratase.
!Podría pasarse la vida mirando al mar desde la ventana, como dentro de un cuadro inalterable de Dalí!, y cuando la luz de la tarde plateaba las olas, y la luna se alzaba majestuosa en un firmamento cuajado a rebosar de chispeantes estrellas, cerraba los ojos y sentada sola en su silla, canturreaba despacito aquella canción de Serrat que siempre había llevado pegada en el alma... hoy puede ser un gran día planteatelo así, aprovecharlo o que pase de largo depende en parte de tí... no consientas que se esfume, asómate y consume la vida a granel, hoy puede ser un gran día, duro con él...

Mientras, los ruidos de la playa iban cesando y la ciudad se inundaba de electricidad, de duendes, de estrellas, de una luna siempre misteriosa, de amantes... Inés, envuelta en su mundo, con los ojos cerrados, seguía dejándose acariciar por la brisa de la noche hasta que aparecían las sombras que invitaban al descanso... ¿qué hacer con el amor que se queda sin dueño? se preguntaba su corazón, su cabeza sin embargo, seguía canturreando... no dosifiques los placeres si puedes derrochalos... que todo cuanto te rodea lo han puesto para tí, no lo mires desde la ventana y siéntate al festín... hoy puede ser un gran día y mañana también...

viernes, 12 de febrero de 2010

ponte la máscara


Ya todo había quedado dicho entre los dos, se habían vaciado por dentro cerrando con llave la puerta de la reconciliación, el portazo de Dani al salir, sin duda había puesto el punto y final a una relación de tres años, hermosa tanto como inestable... !que difícil era convivir con los celos!, !que difícil por dios!.

Recordaba ahora como todo era muy diferente cuando se conocieron, cuando él la iba a recoger al trabajo y paseaban abrazados por la playa, con los zapatos en la mano y sintiendo los pies besados una y otra vez con el devenir rítmico de las olas. Recordaba como si fuese ayer aquel día en que celebraron su primer mes juntos y ese globo inmenso y rojo que le regaló con un colgante de corazón dentro, recordaba la risilla infantil que le entró al intentar explotar el globo, en realidad no quería pincharlo, pero claro, no había otra forma de coger el colgante... instintivamente, se tocó el cuello topándose de bruces con el corazón plateado que seguía estando allí, en su cuello, un corazón plateado que acababa de perder el derecho a estar colgado en ella simbolizando un amor eterno roto ahora en pedazos, por lo que, tras una sonrisa extraña mitad nostálgica mitad cínica, decidió que lo que termina, termina, y resuelta se lo desabrochó y lo guardó en el primer cajón que encontró en la cocina, con los servilleteros y las velitas, como augurio evidente de lo inservible.

Aquella sensación brusca del "se acabó" realmente la conmovió, -aunque reaccionó al instante-, no quiso dejarse llevar por los recuerdos dulzones de su relación con Dani, ya que, en todo caso, éstos siempre convivieron con otros menos dulces, más aciagos, profundamente amargos. No lo había pensado hasta ese momento pero tal vez, la balanza de sus recuerdos no cayese precisamente del lado de los buenos.

El jolgorio de la calle la hizo volver a la realidad. Se asomó a la ventana y contempló los tejados de su ciudad inundados de sol, un cielo azul embriagador compitiendo en intensidad con aquel otro de la mar oceana... Cádiz era hermosa, muy hermosa, una ciudad hermosa, no cabía duda, pero aún lo era mucho más en carnaval, con esa alegría desbordada en cada calle, en cada esquina, en cada plaza, y por montera, la vitalidad descarada de meterse con el mundo y con uno mismo ridiculizándolo todo con gracia, con chispa, con arte... Cádiz era una esplendida República en carnaval, no podía quedarse en casa digiriendo recuerdos.

Se pintó la cara de colores, y con una chaquetilla de lentejuelas, un zapato rojo y otro verde, un pelucón rubio despampanante y una máscara coqueta y graciosa, cogió la puerta canturreando el estribillo de aquellas chirigotas de Los Yesterday

Camon baby,

camon baby

sexo, drogas y rock and roll

no hagas la guerra y haz el amor

y la hierba,

y la hierba

no la pises, fumala

y menos trabajo y más carnaval

!y menos trabajo y mas carnaval!

Según iba bajando las escaleras de su casa iba notando la magia del carnaval en su cuerpo inundándole las venas de serpentinas y papelillos de colores, sentía ese duende de una ciudad milenaria que hasta en sus peores momentos y pese a todo, sabe reírse de sí misma. Estaba en Cádiz, vivía Cádiz, respiraba Cádiz, latía Cádiz, y era carnaval.

martes, 2 de febrero de 2010

igual, diferente


No soportaba mirarse al espejo, le dolía el alma intensamente verse así, en aquel cuerpo que para nada sentía suyo. Ya desde pequeño recordaba aquellos miles de matices que lo hacían diferente a los otros niños, ese gusto por jugar horas y horas con sus hermanas, a las muñecas, tocar hasta sentir metido en su piel el tacto anhelante de vestidos y camisones, el desden por el fútbol y el scalextric, o el esfuerzo insufrible de ir con su padre de cacería aquellas terroríficas mañanas, cuando, de madrugada aún, lo levantaba con el morral ya preparado y sin apenas poder reaccionar le ponía la escopeta al hombro... la escena, aún le producía temblores.
Recordaba perfectamente aquel miedo en el cuerpo cuando bajaban del coche y las jaurías de perros, se abalanzaban a él olisqueandolo amenazantes, paralizándolo por completo. Luego, venían los disparos, la sangre, las piezas cobradas... aquellos animales muertos.

Nunca fue suficiente todo aquel esfuerzo titánico e inhumano que hacía para contentar a su padre, jamás fue suficiente, jamás. Y ahora, que no había comunicación entre ellos, ahora que no se entendían, que apenas mediaban palabra, ahora que habitaban en un sepulcral silencio, ahora, -más que nunca-, seguía doliéndole aquella tortura inconsciente de tener que contentar a su padre, porque no podía, no podía, no podía... por eso, las miradas inquisitoriales, densas y escrutadoras de su padre se le clavaban en el alma como afilados puñales de hierro candente.

No se sentía bien, no sabía qué hacer, se miraba y se daba asco, una corriente gélida lo recorría hasta la repulsión, y no sabía qué hacer, llorar era últimamente su único consuelo, !cuanto lloraba de un tiempo a esta parte!. Se miraba y lloraba, volvía a verse y lloraba y se odiaba, se sentía preso en una jaula atroz, estrecha, pequeña, negra, asfixiante, de la que no podía salir, de donde no podía escapar... pudriéndose. Pronunciaba su nombre !Pablo! y se odiaba, no quería llamarse Pablo, no quería ser él, no quería sentirse así... solo quería huir, salir de allí, escapar de sí mismo, encontrar un remedio, dejar de llorar, no mirarse, no sentirse, y, desesperadamente, luchaba contra el mundo y contra sí mismo buscando una salida a aquel cuerpo que lo esclavizaba y que lo oprimía hasta el agotamiento, hasta la desesperación.

Había llegado a un punto de amargura tal que todo le superaba, ya no podía más, le costaba respirar... miles de puñales candentes le torturaban un cuerpo que nunca quiso suyo, que no sentía suyo. Día a día agonizaba atrapado en aquel cuerpo que no era de mujer.
!Basta! se dijo en voz alta, se acabó, no puedo más. Se secó los ojos, salió de su habitación, y decidido, lleno de miedo y de impotencia, invadido por una tristeza casi infinita, con angustia, rezumando dolor, fue en busca de su madre, se sentó junto a ella, y con esas lágrimas que son incapaces de contenerse por más que aprietes los dientes y el puño, le dijo en apenas un susurro "no me gusta mi cuerpo, lo odio, no quiero ser así... mamá..."

Su madre, sin decirle nada, le abrió los brazos envolviéndolo, como cuando era niño, y lo besó, lo besó una y otra vez, le besaba y le besaba, no paraba de besarlo, sentía esos besos de su madre que lo llenaban de calor, de paz, que lo calmaban y le devolvían un sentimiento desconocido que le gustaba, que le hacía dejar de llorar... se sentía bien, allí, abrazado a su madre, sin hablar, en medio de sus besos y de su aroma, se sentía bien, seguro, en paz.
Por primera vez notaba que había saltado el muro, que no le apretaban aquellos barrotes retorcidos, que había salido de aquella jaula acorazada, negra y asfixiante. Por primera vez no se sintió raro ni solo, no se sintió extraño, no, lo inundaban mil besos cómplices de su madre, mil besos que abrían jaulas y deshacían puñales, mil besos que habían llenado su alma de caricias y le devolvían una sonrisa perdida, olvidada.
Se sentía bien, ya no estaba sólo, miraba a su madre y sonreía, sabía que ya nunca estaría solo, estaba con su madre, a su lado, lleno de besos, sin reproches, sin lamentos, estaba con su madre y en el aire, podían verse muchas mariposas de colores.